la amiga de mi novia
por krista el 13-08-2010

“Con las justas un par de polvos y ya te crees el supermacho”, me decía con su risita cachacienta mientras se desplazaba rumbo al baño. En una mano, su pequeña prenda íntima, de esas que usaba cuando se veía conmigo; en la otra, un cigarrillo recién encendido. Yo la veía y escuchaba sus palabras con auténtico placer masoquista. Cada vez que me insultaba me encendía el fuego interno, y así y todo, deslechado y extenuado, escucharla decir: “¡Deja de mirarme el culo, arrecho de mierda! Con las justas un par de polvos y ya te crees el supermacho”, me ponía encabronado, y el asesino en mí urgía de sangre, de violencia.
Ella regresa del baño con la tanga puesta, sale despacio, porque sabe me gusta observarla y que le pediré: “Quédate ahí un ratito. Hazte el cabello hacia atrás que quiero ver esas lindas tetas”. Porque para mí lo fascinante de su desnudez era el contexto en donde ésta emergía: en la habitación de mis padres, a mediodía, un martes cualquiera. Eso me sacaba de cuadro, qué hacía yo tumbado en la cama de mis viejos en donde horas después, ambos dormirían plácidamente sin sospechar nada de lo ocurrido, sin oír los gemidos de Lorena, ni sus gritos, ni sus lisuras.
Se despoja de su tanguita nuevamente, se acerca a mí y me monta con agilidad, me mira a los ojos y me acerca la tanga a la cara: “Huele, huele. Ya sé que me lo vas a pedir, arrecho de mierda. Huele, huele”. Ese olor, que va de la nariz al cerebro y de allí directo a los huevos, ese olor a coño rosa, ese olor a coño complicado y recorrido, ese kilometraje extenso, todo en ese olor. “¿Algún día tiraremos en mi cuarto?”, le pregunto inútilmente. “No te hagas al pendejo que te conozco”, responde con ironía. Esas son las reglas de Lorena: No tirar en hostales, “porque no soy tu puta ni tu perra hostalera a quien te tiras cada vez que juntas tus tristes doce lucas para el telo”. No tirar en una habitación donde haya videograbadora y/o computadora, “porque ya me cagaron una vez filmándome con una webcam sin que me diera cuenta, y no voy a pasar por eso de nuevo”. Demasiado complicado el tener que sacar la computadora y el equipo de mi cuarto cada vez que venga a casa a tirar con Lorena, para eso está el cuarto de mis viejos donde sólo hay televisor, además de un espejo más grande y mejor ventilación. Un cambio de sábanas, memoria fotográfica para dejar todo como estaba, Lorena calatita y bocabajo, y listo, todo preparado para una jornada carnívora, ignominiosa.
La manera de concertar nuestras citas seguía siempre un patrón parecido, era yo quien tenía que llamarla al celular para invitarla a casa o para decirle que nos veíamos a tal hora en la esquina de mi casa. Si me respondía: “Ah, ok, te llamo después”, significaba: “No puedo”, “no quiero” o “estoy con Pablo”. Esto sucedía raras veces, primero porque a medias, conocía sus actividades. Segundo porque a pesar de que siempre me tildara de “arrecho”, la llamaba sólo tres o cuatro veces por mes, sin exagerar, y sin dar indicios de que de alguna manera la necesitaba, porque simplemente, no era cierto. Lo común era que ella estuviera esperando que la llamase o lo intuía, entonces contestaba: “Quién habla, ¿Augusto?, ¿al que se le para por gusto?”, y luego quedábamos en algo. Eso sí, ella nunca llamaba y parecía que nunca lo haría. Alguna vez hice la prueba de no llamarla por casi dos meses para ver si ella lo hacía pero aquello nunca ocurrió. Nos vimos en dos ocasiones durante esos dos meses pero en circunstancias “normales”, conversamos y nos comportamos como siempre, jamás exteriorizando ningún reclamo. Luego de esos sesenta días, arrecho como cura en seminario la llamé desesperado (por primera y única vez): “A las cinco en la esquina de mi casa”. “Ahí estaré”, me dijo.
La vi aparecer a las cuatro y cincuenta y cinco. Sentía que la odiaba con todas las entrañas, sentía el apetito voraz por poseerla. El Marqués tenía razón: el odio no es otra cosa que un estado sublime del deseo. Cuando entramos a la casa iniciamos un rito salvaje pocas veces igualado, con toda la calentura contenida y toda la furia mutua por los meses de abstinencia. “Puta de mierda”, le decía mientras le chupaba los pezones, “si no te llamo no vienes”. Ella me quitaba la ropa trepada sobre mí, me sobaba la pija con brusquedad y me devolvía el insulto: “No eres mi caficho para llamarte, huevón. Aquí el que llama eres tú”. Enredados en la danza lúbrica de las cinco de la tarde, jadeando la vergüenza y la lujuria, consumando las ganas de fornicar al otro; atravesaban por mi mente todo tipo de aberraciones sin sentido: “Seguramente has estado tirando con tu Pablito”, le reclamaba para joderla mientras me desplazaba entre su ombligo y su cálido pubis. “Calla, huevón”, respondía jadeante, “seguramente tú no llamabas porque te estabas encamando con una de las rucas de la oficina, o estabas cumpliendo como nunca con Rosita”. Y después todo era fricción y rebote de carnes, un reencuentro memorable con las artes amatorias de Lorena, quien tirando era como una diosa en apogeo, y vituperando sus placeres, era el enunciado de la lubricidad.
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“¿Te acuerdas de la primera vez, Lorena?”. Ella me mira y echa una bocanada de humo. “Claro, si tú y yo ya nos traíamos ganas desde la fiesta de año nuevo, ¿cierto?”. “Cierto, Lorena, cierto”. En aquella ocasión estábamos los cuatro en casa de Rosita, mi enamorada. Lorena y su enamorado, Pablo, llegaron para ver unas películas con nosotros. Una de las cintas era “Looking for Mr. Goodbar”, en la que Diane Keaton hace de una maestra de escuela que por la noches vive unas jornadas de sexo y vicio que contrastan con su vida oficial, y esto la encamina a situaciones vertiginosas. Rosa y Pablo estaban algo incómodos con la película, era obvio que a Lorena y a mí nos parecía de puta madre y estábamos a gusto. Allí se sucedieron los primeros guiños frontales, sin darme cuenta comencé a sentir complicidad con Lorena, la veía de reojo, me excitaba su imagen. Poco a poco establecimos contacto visual, hasta que yo le miraba las tetas descaradamente y ella se dejaba mirar y se erguía disimuladamente mostrando sus pezones erectos. Era una situación francamente arriesgada, sobre todo porque cada una de nuestras parejas estaban allí mismo, distraídos con las correrías de la Keaton. Cuando la película terminó, Lorena y yo andábamos en una onda particular. Entonces Rosita decide ir a comprar algunas cosas a la tienda, “para traer algo para picar”. Yo me hago al huevón y es Pablito (cuándo no, Pablito) el que se ofrece a acompañarla caballerosamente. Cuando nos quedamos solos en la casa ella se me acerca y me dice: “Ya me di cuenta de que me miras con cara de arrecho”. “Si sigues diciendo esas huevadas”, le dije, “lo único que vas a lograr es que se me ponga dura”. “¿A ver?”, dijo ella y fue el inicio de un revolcón violento y fulminante, un manoseo recio que nos expuso al peligro de tirar allí mismo cosa que era imposible por obvios motivos. “Ya sabía que eras una mierda”, me decía mientras le acariciaba el coño. “Ya sabía que eras una perra en celo”, le contestaba mientras me manoseaba el paquete.
Cuando Pablo y Rosita llegaron yo estaba en el baño refrescándome un poco y arreglándome la vestimenta. Lorena era más rápida y en menos de un segundo estaba en el sillón como si nada. Cuando salí del baño me ocurrieron dos cosas que no podré olvidar: Vi a Lorena, y supe a partir de ese momento que ambos estábamos cortados por la misma tijera. Vi a Rosita, y cuando creí que me embargaría la culpa no sucedió nada, no sentí ni un ápice de culpa, no sentí ni mierda. Al final de la “tarde de amigos” me las ingenié para acercarme a Lorena y decirle: “Todo lo que se empieza se tiene que concluir”. Ella me sonrió y deslizó un papelito entre mis dedos. En él, su número de celular. Dos días después la estaba llamando y cuando la invité a que nos viéramos me dijo: “Por si acaso yo no piso ningún hostal”. “Entonces vente para mi casa”, le respondí.
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Lorena y yo descubrimos la química de nuestros cuerpos de manera irracional. La lógica aberrante que nos gobernaba hacía que escapemos de la escala de valores convencional. Ambos sabíamos que lo nuestro era una estupenda manera de darle manija al cuerpo, liberarse de la sosa pasividad de nuestras propias parejas, que en todo estaban bien, menos en lo que le gusta al cuerpo ni en el dominio de los oficios de la carne. Lo suyo con Pablo y lo mío con Rosita era el calco simétrico de la frustración corpórea. “¿Cómo es lo que te dice la Rosita”, pregunta Lorena casi con ataque de risa. “Que hacerlo en cuatro patas es hacerlo como lo hacen los animales, y que eso está mal”, le digo, y me cago de risa también. “Puta madre”, exclama ella, “si supiera lo rico que es”. Volteo a verla y la miro con complacencia. “Carajo Augusto, a ti se te para por gusto”. Luego desciende y sin dejar de mirarme a los ojos inicia una de sus mamadas maravillosas. Esa forma que tiene de coger los huevos mientras la chupa, esa manera de inclinar la cabecita y mirar hacia arriba mientras la tiene encajada en la boca, esos rastrillos de placer que ejerce con la lengua, ese vaivén de la muñeca sobre la base de la pija. Es una locura verla trabajar allí abajo, pero sé que todo tiene su precio, y luego voy a tener que encajarle la lengua por todos los sitios que se le antoje. El salado sabor de sus axilas, el acidulado de su coño, el metálico de su ano, el amargo de sus pies, el dulce de sus pezones. Pero en todo confío y a todos los límites llego con Lorena, después, en un par de horas todo habrá concluido, ella saldrá por la puerta de casa y a otra cosa, mariposa. A veces, sólo al día siguiente nos volvíamos a ver, los cuatro, cada uno de la mano de su “enamorado(a)”, y nos íbamos por ahí a ver alguna película o simplemente, Pablo y yo, acompañábamos a las mejores amigas a que hagan algo juntas.
“¿No te sientes una mierda encamándote con el enamorado de tu mejor amiga?”, le preguntaba a veces para joderla. Y su respuesta era obvia: “¿Y tú no te sientes una mierda encamándote con la mejor amiga de tu enamorada?”. “¿Siempre tienes una respuesta para todo?”, le reclamaba. “¿Y tú siempre una pregunta para cualquier huevada?”. Me rindo, carajo. Préstame ese culito, Lorenita, ese culito de diosa que tienes y déjame fornicarlo como dios manda, como el huevonazo de Pablito ni se imagina que se folla un culito como el tuyo. “Es que para Pablo eso es pecado”, respondía Lorena. Y ahí concluía la conversación de la pareja ajena porque uno de los puntos de nuestro pacto era jamás hablar de la pareja del otro. Primero porque Rosa y ella eran amigas desde que ingresaron a la universidad (femenina del corazón sagrado) y nada tenía que hacer calificándola, y porque sabía perfectamente porqué yo estaba con alguien como Rosita. Segundo porque yo no conocía mucho ni era amigo del cojudo de Pablo, aunque adivinaba certeramente, porqué Lorena quería tener como enamorado a un tipo bonachón y buena gente como Pablito.
“Se lo pierde él, que no sabe lo loca que te pones en tus orgasmos anales”. “Se lo pierde ella, que no sabe cómo te sale el chorro de leche y cae tibiecita en mi carita”. Esa es Lorena, siempre ganándome en todos los comentarios, frases y réplicas. Tiene astucia innata para la mala palabra y el insulto, le encanta que la llenen de adjetivos procaces cuando tira, que le digan “perra”, “puta”, “ramera de callejón”, “meretriz de cinco soles”, “ruca barata”. Ella goza, se pone en celo y exhala sus jugos chorreándolos por todo sitio, mojando huevos, sábanas, colchón; aceitando la fricción hasta escaldar los pliegues más íntimos. Tiene una manera de montar extraordinaria, maneja las piernas como si fueran brazos, deja una pierna abajo y la otra la sube sobre mi hombro, la recoge un poco y acerca el pie hacia mi rostro e introduce sus dedos en mi boca; mientras, está tirando como loca y con una mano acaricia la pinga que tiene introducida, con la otra me jalonea los cabellos, inclina mi cabeza hacia los dedos de su pie, los cuales tengo en todo el paladar.
El sabor de una mujer y el sabor de un hombre mezclados en una combinación aberrante y desvalorizada. Ambos sabemos que esto acabará algún día y muy mal, nos quedaremos sin soga y sin cabra y cuando nada nos quede, de nada servirá ya seguirnos viendo, porque parte de este juego ilegal es estafar al tercero, a Pablito, a Rosita; jugar a los chicos malos que sólo se ven para tirar y al siguiente día, “hola, como estás”, “hola Rosita”, “hola Pablito”. Y tomar un cafecito los cuatro mientras cada uno mira por su lado y le hace mimos a su respectivo enamorado, hacer un par de bromas estúpidas y listo, hasta la próxima oportunidad, hasta la próxima semana.
Veo a Lorena que va hacia el baño, con su tanguita en la mano y un cigarrillo recién encendido en la otra. Podría verla una y mil veces más. Veo a Rosita frente a mí, tomando su cafecito con delicadeza. Linda Rosita, si no tuvieras tantas trabas catolicistas, si no me conviniera tanto tu familia y los negocios con tu padre, si aprendieras a chupar pinga y a no escandalizarte cada vez que te lo propongo. Veo a Pablito buena gente a lado de Lorena en la pequeña reunión de cuatro, pobre Pablito, huevón hasta la pared del frente, si supieras que me tiro a tu hembra de una manera que nunca conocerás, porque eres un pacato limeñito de familia bien, porque ser cristiano carismático te ha carcomido el cerebro y te ha vuelto temeroso ante los placeres. Me das risa Pablito, porque he visto cómo te pones arrecho viéndole el culo a Lorena, y te he visto persignarte allí mismo, ¡pobre huevón!, si supieras las delicias que emanan de ese culo, que hasta lo que defeca tiene el tinte profano del hedonismo. Me veo a mí mismo en el espejo del lugar, masticando un cigarrillo, imitando a Lorena y su jodida forma de ser. Veo que nunca serás como Lorena, pobre Augusto, a ti sólo se te para por gusto y no tienes el temple para ser audaz ni original, estás al pie de Lorenita y su plástica y mágica manera de deslecharte cada quince días.
“¿Saben muchachos?, Lorena y yo nos vamos de viaje al norte a pasar unas semanas en la casa de mis viejos en Los Órganos”, dice Pablo. “¡Qué bien!”, dice Rosita efusiva, “ay Augusto, a ver cuándo nos damos un viajecito tú y yo”. Pablo abraza a Lorena y ella le besa la mejilla haciendo a un lado su cigarrillo.
Un momento después Rosita se va al baño, Pablo se dirige hacia la caja a pagar la cuenta. Nos quedamos Lorena y yo solos a la mesa. Por un instante me ignora, luego me mira divertida hacia los ojos. “Así que al norte con Pablito”, le digo con ánimo de insultarla. “Eres una perra incorregible”. “Y tú un arrecho pinga chica”, replica sin mirarme. Pasa un momento más y propongo sin verla: “¿Un polvito de despedida?”. Ella me mira luego de unos segundos, echa una bocanada de humo y dibuja su sórdida sonrisa.
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