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mi vida a las puertas de la muerte

por krista el 26-07-2010

No se por donde empezar, Ahora, muy cerca ya del final, he tenido tiempo para reflexionar y hacer las paces conmigo misma. Tengo cuarenta y tres años y me estoy muriendo de cáncer. Nunca pude imaginar que el último año y medio de mi vida fuera también el más feliz. Para no ser injusta, mi felicidad comenzó mucho antes. Pero mejor que ponga mis pensamientos en orden, antes de que cuente mi historia. Hace poco que me han inyectado un tranquilizante y puedo descansar un poco mi dolor.

Nací en una familia muy adinerada. Mi padre era un tiburón de las finanzas y su trabajo, pasatiempo y ocio favorito, consistía en jugar duro en la Bolsa. No era un solitario, había creado un equipo de expertos en torno a su persona que vigilaban y aconsejaban todo lo concerniente a sus inversiones prácticamente las 24 horas del día. Mi rígida familia estaba lo que se dice, podrida de dinero.

Yo fui un producto de esa acomodada situación. Tuve una infancia vacía de contenido y rebosante de caprichos. Me convertí en un pequeño monstruo. Pasé de princesa prometida a rana verde y asquerosa. A la edad de catorce años me quedé embarazada. ¿Sabéis de quien? No, pues yo tampoco. Esa noche en la fiesta de fin de curso que se celebraba en un salón grande del prestigioso colegio mixto donde en ese momento estudiaba, me dejé follar por tres chicos.

No era la primera vez que me habían metido una polla, ya con trece años había experimentado con un amiguito de la zona que muy complacientemente se ofreció voluntario a todos los experimentos que se me ocurrían y eran muchos. Pero esa noche, tenía ganas de pasármelo bien y de paso hacer cabrear nuevamente a mis padres. Me puse a beber con ansia, mientras, algunos enteradillos que veían el deterioro de mi voluntad, empezaron a sobarme discretamente. Consiguieron que me calentara mucho y al más atractivo que encontré entre los masajistas voluntarios, me lo llevé a una zona ajardinada donde la luz era casi inexistente. Le bajé los pantalones con ansia y me puse a chuparle la polla como su fuera la última que me iba a comer en mi vida, sin duda el alcohol ya circulaba por mi cerebro. Tanto entusiasmo fue compensado con una gran corrida que llenó mi boca. Mi intención era escupirla, pero la suya que me la tragase y para lograrlo, me clavó el rabo hasta la garganta, luego, sujetándome la cabeza, me folló la boca hasta casi ahogarme. Me quedé boqueando como un pez y vomité todo lo que contenía mi estómago, incluida su corrida.. Me cabreé un montón y le dije de todo. Me tranquilizaron sus entusiasmados lametones aplicados directamente en mi coño y sus caricias en mis pezones. Se subió encima y me folló con profundidad y ritmo durante un buen rato. Me corrí casi al momento.

Por favor.....Miguel...no te corras dentro.... Lo dije tarde, justo en ese momento sus gruñidos y muecas me confirmaron que su leche inundaba mi fértil coño. Ya estaba hecho y pasara lo que pasara, me dispuse a disfrutar. Siguió dándome caña durante un ratito. Me encantó, me había corrido dos veces. Me pidió que le limpiara la polla con la boca. Me pareció bien, de hecho, el sabor del semen no me resultaba desagradable. Empezaba a gustarme ordeñar un buen rabo.

Nos levantamos para arreglarnos algo la ropa y tambaleante, me sumergí de nuevo en la fiesta. El cabrón de Miguel, como pasa casi siempre con los tíos, no tardó en explicar con pelos y señales la aventura mientras, supongo y espero, me señalaba con discreción. Al momento, sus dos amigos se acercaron a mí y me quisieron invitar a una copa. Bebiendo con ellos, me propusieron hacer un trío. Les dije que no creía que me fuera a gustar. Me convencieron con palabras tranquilizadoras y varios cubatas.

Casi me arrastraban a peso cuando entramos en el cuarto donde se guardan los útiles del gimnasio. Por lo visto uno de ellos era muy colega del portero y le dejaba las llaves cuando tenía algún plan. Me desvistieron y me tumbaron en una de las colchonetas. Mientras uno de ellos me follaba el coño, el otro me hacía tragar su polla. Luego, cambiaron y vuelta a repetir la operación. Me encontraba súper excitada y ya iba por mi cuarto orgasmo, cuando el rubito, me subió a horcajadas encima de el y me aprisionó con sus brazos apretando con fuerza mi espalda mientras me penetraba profundamente. El otro, se colocó a mis espaldas y aprovechó mi postura para sodomizarme con bastante violencia. Lloré de dolor para luego morir de placer. Perdí el control de mis esfínteres y me mee. Se corrieron los dos casi a la vez y sentí la inundación que sufrían mis dos agujeros de forma simultánea. Fue tremendo. Me quedé sin fuerzas....al cabo de unos minutos, me levanté y vistiéndome precipitadamente, me fui de allí con los sentimientos confusos. Estaba excitada y satisfecha, pero a la vez, me sentía una puta rastrera. Algo, en mi alocado carácter se iba abriendo paso con mucha dificultad. La conciencia. Me di cuenta que tenía conciencia. Mis padres, en cambio, fueron convenientemente informados no se por quien, pero por el recibimiento que tuve en casa, estaba claro que yo era para ellos la peor de las zorras.

Al poco tiempo se confirmó mi peor temor. Estaba embarazada. Se lo conté a mi madre y luego, nadie, de verdad, nadie, se puede imaginar el escaldado que aconteció en mi familia. Fue de proporciones casi apocalípticas. Aborté en una clínica de Londres de manera discreta y cara, solo había que ver la factura. Mi padre empezó a mirarme como si fuera un rana en un frasco de alcohol. Me hacía vigilar y como yo lo sabía, buscaba cabrearlo y apenarlo todo lo posible. Fui pasando de tío en tío durante varios años. Mis excesos y mis vicios tenían un enorme coste físico y económico. Me volvieron a internar, esta vez para que dejara mi adicción al alcohol. Lo del sexo era una batalla que hace tiempo que la daban por perdida.

Una noche, estaba en mi cuarto del Centro terapéutico. Tendría 17 años. Debo reconocer sin falsa molestia que mi físico a penas notaba en su integridad, los excesos que habitualmente cometía en mí día a día. Mi genética era fuerte. Era alta, muy guapa, ojos verdes y pelo rubio natural bastante largo. Mi formación en danza clásica antes de dedicarme en cuerpo y alma a otros bailes más excitantes, había modelado mi cuerpo y era realmente espectacular. Siempre han dicho de mí que tenía mucha clase. Mi forma de hablar y de mirar, perturbaba a los varones e intimidaba a las féminas. Me habían dado un calmante para bajar mi excitación y aguantar mejor mi necesidad de beber alcohol. Estaba bastante atontada. Entró un vigilante, no le podía ver la cara, pero me sujetó con las correas que todos los pacientes teníamos integradas en nuestra cama. Me inmovilizó sin atender a mis ruegos para que me dejara en paz, me amordazó y se dedicó a follarme hasta que se cansó de metérmela. Me había puesto una toalla bajo mi culo par evitar que los restos de semen delatarán su acción. Luego, con una esponja y agua me lavó a conciencia, especialmente mi sexo y zona anal. Me dejó amarrada y se fue. Me dormí llorando. Cuando desperté por la mañana, ya no tenía puestas las sujeciones. En algún momento mientras dormía atontada por el calmante, volvió y me liberó. Pensé en denunciarle aunque luego cambié de idea. Me había hecho gozar en este asqueroso sitio. El tipo tenía una buena polla y sabía usarla, que esa es otra. Me preparé para la siguiente noche. Volvió a follarme cada noche durante más de quince días. Luego, cogió vacaciones y me dejó allí, sin entretenimiento alguno. La verdad, tenía una polla de primera y era un follador apasionado. Le eché de menos.

A los 25 años me junté con un promotor inmobiliario que terminó de formarme en todo tipo de excesos drogas. Le gustaba el tema de intercambios de parejas y de forma habitual asistíamos a fiestas de ese palo. Valiente gilipollas. En el fondo, todo el juego consistía en que sus amigotes se follaban a una 1ª división como yo y mi cornudo marido se dedicaba a acostarse con las de ellos, ninguna en mi opinión, digna de jugar de titular ni en segunda regional. Cuando me casé de aguantarlo a el y a sus estúpidas amistades, le mandé a casa de su madre y yo me fui con la mía.

A los veintiocho, mi padre dijo "basta". A pesar, de los intentos de mi madre por hacerle cambiar de opinión, mantuvo su palabra. No solo me cortó la financiación, sino que su abogado me envió un burofax. Con rabia y lágrimas de impotencia leí varias veces su contenido sin llegar a creérmelo.

Apreciada Srta. Elvira xxx xxx:

Siento comunicarle que, siguiendo instrucciones muy concretas de mi cliente Don xxx xxx xxx le envio este Burofax, mediante el cual me ha solicitado, que sea Ud. informada inmediatamente de los hechos que a continuación le expongo..

Se ha producido una modificación en sus últimas voluntades que le afectan a Ud. de forma directa. Es deseo de su padre que Ud. no sea beneficiaria como hasta ahora lo ha sido, de la parte proporcional que le correspondería como heredera de los bienes familiares. Así mismo, su a
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Tags:    relatos eroticos   confesiones   enfermas   biografias   experiencias  


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