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los rios del placer

por krista el 24-05-2010

Volvíamos a vernos como siempre cada 60 días, por trabajo; días que inconscientemente yo voy contando nerviosa.

No habíamos hablado una palabra después de lo que había pasado… que en realidad fue nada visto de lejos.
En el último encuentro habíamos terminado, ella se preparaba para irse, y en un gesto fortuito de buscar ambas su carpeta se me condenso la frustración, la ansiedad y la sangre y acaricié su mano.

Pero yo tenía que estar loca!!!…
Cómo me había atrevido?!…
…Con todo lo que me jugaba!!…

Me miró entre desconcertada, excitada e indefensa, sentí que el planeta se había escapado por el balcón, yo suspendida en un espacio en blanco, al borde del abismo.
Se acercó hasta mi boca en un instante interminable y apoyo sus labios trémulos en los míos en un beso sin tiempo.
Después como asediada por miles de fantasmas, se levantó de pronto y huyo devorada por el ascensor hundiéndose en el abismo de mi pecho… solo eso, nada.
Un universo.
Cuatro mail impersonales y la puntual confirmación de nuestra nueva cita.
Una hora antes me paseo por el espacio como un tigre enjaulado, me siento, me levanto, me sereno, corro cortinas, pienso, me miro en el espejo (me encuentro mil defectos), empiezo a hacer café, acomodo almohadones, vuelvo a mirarme (realmente soy hermosa), contemplo el paisaje desde el minarete que es mi balcón, me reprendo, me comprendo, me desprendo, vuelvo a mirarme, (Noo! Quién es ésta?).
Suena el portero y el silencio me quema en los oídos.
Dios! Los edificios… que lejos queda tu ansiedad de la planta baja!.
El timbre, su sonrisa que me caldea el alma, un beso en las mejillas retenido por unos cuantos segundos.
Se descalza, se sienta en el futón dispuesta a comenzar. Ofrezco café
-No gracias-

(Ahora que lo pienso jamás le apagué el fuego!, voy hasta la cocina… sip, alquitrán puro.)

Vuelvo para sentarme junto a ella y trabajamos absortas por más de una hora y media. Un break y el típico mate entre amigas, cada quién sepa lo suyo.
Silencio.

Yo la contemplo mientras recoge su pelo. El largo de su cuello suave que se pierde en su rostro ovalado de ojos café, boca tierna… muy tierna, dulce, sedosa.
-No dejé de pensar en vos-
Su voz rompió el hechizo como a un cristal y me sacudió la espalda.
-yo tampoco-
Me clavó los ojos y esta vez fue ella la que buscó mi mano.
-No sé lo que me pasa, hace ya tanto tiempo de mi última vez con una mujer, creí que había sido solo una fase hasta que te conocí-
-Fases?, hasta las de la Luna se repiten-
Sonrió algo agobiada.
-Lo que quiero decir es ya no soy una adolescente experimentando, tengo una vida y no me siento capaz de atreverme a esto-
Mi corazón latía acelerado y a mi garganta seca se le evaporaron las palabras
-No es que no quiera, es que no puedo hacerme cargo de lo que me pasa con vos-
-Creeme que te entiendo, lo que pasa es que yo ya no me peleo conmigo.-
-Por eso vengo a verte supongo, pero voy muy despacio. No puedo-

Acordamos un modo de trabajo diferente y nos preparamos para despedirnos.
La acompañé abajo no porque fuera necesario sino para retener unos minutos más el perfume de su piel en mí.
Se acercó y sus labios se abrieron a mi beso con rastros de deseos y ternuras dormidas, su lengua tibia acariciando tímidamente la mía, la mórbida lentitud de las succiones, el roce de los dedos en los límites de los labios. Apenas unos segundos y el resto del descenso en silencio.
Sabía que todo lo que tenía que hacer era pedirlo, con un poco más de vehemencia, ella solo necesitaba una razón para abandonar sus dudas; abrí la puerta y la dejé partir.

(Que duro que es ser todo un caballero)

De regreso a casa justifiqué mi frustración con la realidad de que si existe un lugar en el que sean nocivas las razones equivocas ese es la cama.
Pero la deseaba tanto…
Entré en la ducha contando con que el agua fría me devolviese un poco de cordura apagando el incendio de mi piel, y nada.
La erizó hasta el dolor y la hizo más sensible al tacto, y al recuerdo.
Como los desconocidos afluentes del Ganges bajaba desde mi cabeza formando cuatro ríos infernales.
Dos de ellos surcaban mis pechos erizados enervándolos, seduciéndolos, rozando mis pezones contraídos y derramándose en un par de cascadas calientes al vacío.
No.
A su boca de seda que los bebía siguiéndoles el rastro hasta encontrar mi piel, mordiéndome la carne les besaba las costas, les corregía el curso con sus manos, los hermanaba acercándolos, los desviaba a mordiscos… y yo miraba absorta ese punto en el vacío en el que se formaba su fantasma caliente.

Me hice hacia atrás y el tercer río se hizo más caudaloso, abriéndose paso, desde los costados de mi cuello al surco profundo entre mis pechos llenos, recorriendo mi vientre como una procesión de serpientes lujuriosas.

Y su imagen de nuevo, el roce de sus manos, su sonrisa, su aliento, sus curvas suaves y proporcionadas.
El agua acariciando mi pubis buscaba abrirse paso al centro de mis muslos mientras yo me transportaba hasta su sexo, queriendo ser el río entre sus piernas recorrerlo, lamerlo, acariciarlo, besarlo, morderlo, succionarlo, sentir que se inflamara entre mis labios y dejar que mi lengua penetrase sus jugosos secretos y me los derramase por la boca.

Apoye mis manos en la pared, quería detenerme, quería ser racional, objetiva, sensata.

Pero no, A quién engaño?
Yo quería tenerla hasta escuchar su orgasmo, quería que arañase mis brazos excitada, que montara mis muslos, que se derramara a gritos en mis pechos, quería recorrer el núcleo de su sexo con mis dedos, acariciarlo, palparlo, enloquecerlo, quería quemarme dentro de ella y deja que ella se quemase en mi en una comunión de sexos y de bocas poseídas!!.

El cuarto río tomaba imperio, por el largo de mi pelo alcanzaba los bajos de la espalda y bañaba mis caderas;

y entonces no era el agua, era su pubis salvaje frotándolas, aferrándose excitada a mis piernas.
Me latían las sienes, perdía el aire en respiraciones agitadas, sentirla así, casi tocarla, besar sus pechos frágiles hasta volverlos tensos e imperiosos, vestirla de besos, desnudarla de miedos, perderme en sus ojos y encontrarme en su sexo.

La espuma generosa humectaba mi piel y me acaricié completa, disfrutando en mí, cada una de sus formas y perfumes, recorrí mi vulva aterciopelada y alimente mi deseo hasta que no quedó de él sino el collar de los profundos gemidos de mi orgasmo, tensos los músculos, electrificados los nervios y el calor bestial evaporando hasta la sangre de mis venas.

El terremoto de la carne, y después el silencio.

Me envolví en la toalla todavía sedienta y atravesé mi cuarto sin más luz que la luna entre las enredaderas de mi ventana.

Plenilunio. Quien minimiza el valor de una fase es que nunca mira la luna.

Tocan el timbre, me asomo y es mi amante que llega de improviso, abro la puerta y me lanzo famélica a sus brazos.
Él, que conoce del olor de mi fiebre, arrancha la toalla y me lleva a la cama sin mediar comentarios.
Me cubre con su cuerpo, me susurra al oído
-Shhh, hoy no, tu voz me distrae-
Me mira inquisitivo a través de la noche
(Sabe cuales son los téminos de nuestro acuerdo)
-Maldita-
Y hunde su boca perversa en mis labios.
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Tags:    relatos eroticos   lesbianas   fantasias   duchas   placeres  


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