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disfrutando del compañero de piso

por krista el 30-04-2010

Camelia y yo fuimos novias desde la secundaria, desde siempre supe que esa mujer estaba hecha en el cielo para ser mía y yo de ella. A medida que crecimos fuimos confirmando nuestros gustos y nuestras experiencias se volvieron cada vez más pasionales y sensuales. Disfrutábamos tocándonos en sitios públicos como cines o restaurantes, con cierta discreción para luego llegar a su apartamento y completar lo que iniciábamos.
De hecho, eso fue lo que sucedió la tarde que a continuación les relataré. Camelia y yo nos encontrábamos en el cine, más con excusa de acariciarnos que por la misma película, me encanta la forma como siempre empieza a insinuar su deseo de tenerme tocándome los vellitos del cuello, hace que múltiples escalofríos recorran mi espalda, a la expectativa de lo que hará conmigo. Ese día no se hizo esperar, sus manos golosas empezaron a recorrer mi cuerpo por encima de la ropa apenas apagaron las luces y sin dudar, yo también le daba placer a mi chica, conozco perfectamente la anatomía de su conchita y de sus enormes senos redondos y excitados.
Salimos rápidamente del cine para dirigirnos a su casa y sin siquiera asegurarnos de que Eduardo, su compañero de piso no estuviera en casa, empezamos con frenesí nuestro encuentro. Nos besamos como si se nos fuera la vida en ello, su lengua juguetona y cálida indagó en la mía con fuego y pasión, logrando que todo mi cuerpo quisiera ser cubierto por esa lengüita…
- Estoy muy calienta, te quiero en mi conchita ya – Me decía Camelia
- Me pongo donde quieras bebe
Estando en la cocina rasgue sus medias sin pensarlo y bese lentamente sobre sus bragas, cosa que la ponía aun más. Empecé a subir hasta sus senos, maravillosas tetas redondas y jugosas, allí me detuve, mordiendo sobre su camisa los ya marcados pezones que gritaban por salir del encierro del sostén, como suplicando que mi boca los succionara, los moridera y jugara con ellos. Así lo hice y recorrí con mi lengua su vientre, su cuello y sus encantadoras orejas.
Camelia me retiró, sacó el tarro de chocolate líquido de la lacena y se posó sobre la mesa mostrándome su conchita muy mojadita y depilada, y dijo con una sonrisa lasciva:
- Ven chiquita, que esto sabe a gloria- y derramó sobre toda su vagina el chorro de chocolate, lo cual me puso a mil y me llevó de inmediato a su cueva, para darle placer, para saborear el agridulce sabor de su ser.
Siempre encontraba su timbrecito sin mucho esfuerzo, estaba gordo y reluciente sobre todo ese chocolate, lo lamí con movimientos circulares, lo succione, lo mordí con suavidad sin que mis manos dejaran de jugar con sus hermosas tetas y en ocasiones, los mojaba con los líquidos que salían a borbotones de mi conchita y los llevaba hasta la boquita de mi hermosa Camelia, que los mamaba como si de una gran verga se tratara.
Ella suspiraba con fuerza – Aaahhh, mmmm, chúpamela bebé, así… no pares perrita. Le excitaban las palabras sucias y aunque nunca lo admití, a mi también. Pronto llegamos a un orgasmo, ella por la estimulación de mi lengua sobre su clítoris y yo por tener en mis brazos a esta diosa de mujer, a este cielo de cuevita.
Me retiré y vi que ya había muy poco rastro de chocolate, había hecho mi labor. Nos dirigimos a la sala, queríamos llenar la casa de sexo y me encontré con una sorpresa:
- Tengo algo para ti – dijo Camelia sacando debajo del sofá una bolsita roja y me la dio. Con sorpresa saqué un vibrador y un lubricante con una nota escrita por ella “¿Te gusta bebé? Quiero que lo uses para mí…”
- Dale bebe, muéstrame lo que sabes – me dijo y empezó a quitarme el resto de ropa que tenía y sin miramientos me lanzó sobre el sofá y mordió fuertemente mis pezones duros y cafés. Gemí de placer, la boquita de Camelia está hecha para darle placer a lo que se le cruce por el camino…
- Aaahhh que delicia – le decía yo mientras lamia y relamía mis pezones y mis senos, los golpeaba, me decía perrita, putita, me quería a mil… y así me tenía.
Bajó lentamente hacia mi ombligo y mi monte venus, estaba matándome de placer tal como había hecho yo con ella, sus maravillosos labios se unieron con mis labios vaginales y fácilmente su lengua se abrió camino hasta mi marcado clítoris.
- Mueve tu lengüita, hasta el fondo, aahhh.
Apenas me vine, retorciendo mi cintura para lograr que su lengua fuera hasta el fondo, Camelia me puso en cuatro y me dijo – ¿no pensaras que compré esto para no usarlo verdad?
- Mételo bebe, métemelo fuerte… que me parta.
Mientras me lamia el anillito y me preparaba con el lubricante, apareció Eduardo. ¡Dios! El compañero de piso de mi novia había estado viendo el espectáculo en primera fila, y aunque nuestra reacción fue taparnos, sentir vergüenza y buscar disculpas por tener sexo delicioso en la sala común y en la cocina, Eduardo estaba notablemente excitado.
Sin mediar palabra tomó a Camelia y la empezó a besar con frenesí en la boca, una ola de fuego recorrió mi pecho y mi instinto fue quitarlo de los labios de mi chica, pero antes de reaccionar, mi Camelia lo detuvo y miró su miembro, me miró con esa mirada picara con la que me miraba cuando nos tocábamos en el colegio y dijo:
- Parece que después de todo no necesitamos ese vibrador – Tomó mi mano y me hizo descender con ella, yo ya sabía qué tipo de placer buscaba ella para mí, y Eduardo no se imaginaba el placer que le haríamos pasar.
Tomamos su gran verga excitada por al base y empezamos a lamerla, con suavidad, con la puntita de nuestras lenguas y él suspiraba de placer diciendo: – chicas traviesas, no sabes lo que disfrutado, me las quiero comer
Empezamos a mamar con fuerza, una chupada Camelia una yo, una ella una yo…
- ¿Te gusta Eduardo, esto era lo que querías cabrón?…
- Siiiii esooooooooo ahhhhhhhhhhhhh asiiiiiii, asiiiiiiiiiiiiiii

Al poco rato Eduardo se vino con todo su liquido en mi boca, mientas Camelia buscaba mi boca para saborear los jugos de Eduardo. Al ponernos de pie, mi diosa le dijo algo al oído a su compañero quien casi sorprendido por la instrucción volvió a excitarse.

Él se sentó en el sillón de frente a el sofá largo en el cual yo me preparaba para vestirme pero Camelia empezó a besarme con pasión, entendí que el papel de Eduardo no había acabado. Nos recostamos y nuevamente su lengua me recorrió toda, cada centímetro y me puso de nuevo en cuatro y succionó mi anillo para asegurarse de que estuviera mojadito y lubricado, mientras el placer invadía mi cuerpo, miré que Eduardo estaba pajeandose con lujuria. En ese instante él se levantó por órdenes de Camelia, quien le dijo:
- Por hoy, esos hoyitos pueden ser tuyos- le lamió la oreja y le dijo – pártela cabrón.
Aunque sorprendida, quería ese pedazo de verga grande y dispuse mi culito para Eduardo, él volvió a relamer y meter uno por uno sus grandes dedos, qué placer, mientras sentía esa invasión masiva y deliciosa, mire al sillón y estaba mi bella Camelia mirando con lujuria y acariciando su clítoris con la punta del vibrador que había comprado para mí.
Eduardo se puso en posición y dijo:
- ¿Lo quieres chiquita?
- Hasta el fondo Eddy – dije con excitación y sin hacerse esperar metió de un golpe su verga en mi culito dilatado… Ahhh ahhhh, que delicia cabrón, dame duro!
Empezó a bombear con fuerza, hasta el que el dolor se convirtió en placer absoluto, aun no podía creer que una verga me diera placer similar al que me daba la lengua de Camelia ni que ella me hubiera prácticamente ofrecido a su amigo. No importaba, estaba muy excitada para contemplamientos, me quería venir con esa verga dentro
Disfruté cada segundo hasta que un orgasmo me hizo empinar más mi culito para placer de Eduardo y el mío, mis gemidos coincidían con los de mi amada que ya se había metido el vibrador hasta el fondo y quien me miraba fijamente, disfrutando de este espectáculo tanto como yo.
Cuando terminamos, nos acercamos los tres, cogí a Camelia, la bese con fuerza y mordí su labio inferior y le dije: – después de todo, el vibrador no fue tan inútil… Me volví a Eduardo, quien estaba agradecido por nuestra acogida y la cogida también, le di un beso inocente y le dije, con una advertencia más tentadora que amenazadora: vuelves a tocar a Camelia – me acerqué a su oído- y no te imaginas de lo que soy capaz.
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Tags:    relatos eroticos   trios   lesbianas   compañeros   bisexuales  


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