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sexo gay en un campamento de verano

por krista el 19-04-2010

Tenía 18 años. Terminaba la escuela secundaria. Mi única experiencia sexual hasta ese momento había sido horrible. Había sido violado por un vecino años atrás. Nadie sabía sobre ese hecho desgraciado, ni sobre mi orientación homosexual. No sospechaba que antes de terminar mi adolescencia y dejar el colegio en el que estudiaba iba a disfrutar el otro rostro del sexo, aquel que se dibuja con la propia voluntad, la correspondencia y el placer maravilloso de amar. La violación vivida me había metido miedo y desconfianza. Sospechaba de cualquier hombre y me dolía la culpa.

Transcurrieron mis últimos años de escuela. Mis compañeros crecían como yo. Nos íbamos transformando en hombres jóvenes y bellos. Aunque ninguno como Valentín. Por lo menos a mis ojos. Me llamo Emmanuel. Tengo los cabellos negros, el cutis blanco y los ojos claros. Mis piernas son gruesas, mis glúteos hermosos y mi verga normal. Valentín: alcanzaba también los 18 años con los brazos y tórax marcados, piernas musculosas, trasero parado y verga gruesa. Sus lacios cabellos negros semi largos caían rebeldes en sus hombros. Se peinaba siempre para atrás dejando despejado un rostro perfecto. Todo sintonizaba en él como un príncipe de cuentos infantiles.

Extrovertido, lideraba el grupo de los deportistas. Es decir, de los machos, de los recios, de los que tenían suerte con las chicas. Aunque también me gusta el deporte, sin embargo, yo lideraba el otro grupo, aquel que organizaba la feria de ciencias o las obras de teatro. Si bien algunos de los míos eran afeminados, no todos éramos así. Muchos como yo, teníamos apariencia hétero y me imagino que varios lo eran. Faltaba dos meses para concluir el año escolar y como era tradición en el Colegio hacíamos un campamento de 4 días en las sierras. La Institución dividía en tres las actividades: las pastorales (religiosas), las deportivas y las culturales.

Los alumnos del último curso éramos los responsables de dichas áreas: a Andrés le tocó lo pastoral, a Valentín lo deportivo y a mi lo cultural. La responsabilidad implicaba involucrar a todos los chicos del colegio que concurrirían al campamento. Desde lo pastoral, Andrés planificó con su gente una caminata. Valentín con los suyos una competencia deportiva en la que separados por equipos (los de Andrés, los de él y los míos) debíamos rivalizar en varios ejercicios como fútbol, carrera y natación. Nosotros organizamos un fogón (especie de festival campamentero) que concluía con una obra de teatro.

Desde el principio, como todos los años, la rivalidad entre los chicos del deporte y la cultura fue notoria. El equipo de Valentín no perdía ocasión de humillarnos. Nos trataban de amanerados y se burlaban de nosotros. Interrumpían con silbatinas nuestros ensayos teatrales y asustaban a los más pequeños de mi equipo. Si bien algunos de los nuestros reaccionaban, la mayoría no respondía por temor. Yo trataba de animarles. Soñaba con triunfar en lo deportivo, era la manera más eficaz de avergonzarles, pero la realidad de mi equipo hacía imposible esa aspiración.

Valentín y yo vivíamos una competencia que había comenzado hacía tres años. Competíamos en todo: en el estudio, en el liderazgo del curso, en el gimnasio. Nos había distanciado físicamente pero cada uno estaba pendiente del otro. Concluíamos esa etapa de la vida escolar mas enfrentados que nunca. Cada mirada, cada gesto era desafiante. El campamento comenzó. La primera jornada, liderada por Andrés, era una caminata tipo peregrinación hacia una cruz en la punta de un cerro. Regresamos cansados, deseosos de ir a la cama. Dormíamos en un caserón rural del Instituto.

Las otras dos jornadas estaban organizadas así: durante el día correspondía lo deportivo y después de cenar lo cultural. Ya de noche, fui a la habitación donde dormía Valentín a preguntarle acerca del reglamento del torneo de fútbol que iniciaba la mañana siguiente. Ingresé, compartía el dormitorio con dos chicos que no estaban. Solo estaba él con bóxer, estirado sobre la cama y dormía profundamente. Quedé perplejo ante su desnudez. Sus músculos bien marcados, sus piernas robustas, una mano en el pecho y otra reposaba sobre su pija. Pensé retirarme, pero me quedé contemplándole. Sentía una atracción feroz hacia mi adversario. Tenía sed de amarle, pero él era imposible.

No solo me rechazaría sino, me humillaría ante todos. Me di vuelta y busqué la puerta, pero un murmullo me detuvo: “¿qué quieres?”, me dijo y asustado le pregunté lo que necesitaba. Casi dormido me respondió y percibí que su mano frotaba su pene. Salí de allí y el corazón galopaba a mil. Sentí vergüenza al ser descubierto en mi actitud de espía. Valentín era capaz de despertar en mí los sentimientos más encontrados: de indignación y cólera, de atracción y deseo.

A la mañana abrió el campeonato de fútbol. Dos de nosotros éramos buenos para ese deporte pero el resto no ayudaba. Corrí por la cancha, varias veces llevé la pelota, me moví de un lado a otro, transpiré, pero fue estéril el esfuerzo. La goleada fue contundente. Nuestra derrota fue 6 a 1. Fuimos eliminados. Callados soportamos la algarabía del rival que sonaba a burla. A la noche en el fogón descollamos. Uno de nosotros es mago. Su magia encandiló. Otros dos contaron chistes que hicieron reír a todos. Nuestros bailarines danzaron folklore como profesionales. Nuestros músicos y cantores deleitaron. Otros números artísticos mantuvieron viva la atención de los chicos. Esa noche fue nuestro gol. Todos elogiaron el fogón. Inclusive los deportistas.

Esa mañana comenzó plena de sol. El silbato del profesor inició la carrera. Al principio muchos íbamos en la vanguardia, pero avanzado los metros, solo corríamos 4, y a los pocos segundos, al frente quedábamos Valentín y yo. Cada uno jugaba por el honor de su equipo. Era la hora de la venganza. Había llegado la oportunidad de humillarlos. Sentía el grito atronador que nos alentaban a uno y al otro. Tocamos juntos la línea final. Empatamos. El esfuerzo nos doblegó. La ansiedad de ganar nos dejó desparramados en el suelo. Lo miré y me devolvió la mirada. Detuvimos nuestras miradas sin agresión. Estábamos diciéndonos algo tierno con los ojos.

Por la tarde llegó la hora de la natación. Lucíamos nuestras trusas. La mía era roja, mi color preferido. Valentín exponía su cuerpo escultural exaltado por su trusa celeste. Otra vez quedamos los dos adelante, solo que esta vez me ganó por milímetro.
Ya no había burla en el festejo. Habíamos ganado su respeto. Creo que por ello, la obra de teatro esa noche, fue un éxito. Hubo predisposición general y esfuerzo meritorio en los artistas. El campamento llegaba a su fin. Era la última noche. Andrés, Valentín y yo decidimos compartir la habitación, para evaluar y organizar el final del campamento. Una tormenta que asomaba por la tarde llegó avanzada la noche.

Los truenos eran estremecedores, un chico del equipo de Andrés vino a avisarle que uno de los más pequeños tenía pánico a los temporales, por lo que él fue a compartir la habitación con ellos. Valentín y yo quedamos solos. Nos disponíamos a dormir. Los relámpagos atravesaban la ventana e iluminaban la habitación. Intuía que Valentín no podía dormir. Yo estaba ganado por el deseo. No sabía como proceder. Daba vueltas en la cama sufriendo la tentación. Escucho una pregunta suya: “Emmanuel… ¿estás despierto?”. Aumentó mi excitación. Respondí: “si…, no tengo sueño ¿qué necesitas?”. Me dijo: “Gracias por dejarme ganar. Lo hiciste a propósito”. No era cierto y se lo dije.

Valentín se dirigía a mi agradablemente: “amigo… ¿te das cuenta cómo hemos competido estos años?…quiero confesarte que te admiro. Siempre jugaste limpio y ese detalle lo valoro. Quiero que sepas que tengo un gran aprecio por vos. Dentro de poco concluiremos el Colegio. Mis padres esperan eso para emigrar a España. Ya tenemos todo preparado. Te extrañaré”. No respondí. Me conmoví al saber que me apreciaba y enterarme que se marchaba.

Valentín quedó en silencio. Preguntó: “¿Sos virgen?”. Me sorprendí de su pregunta inesperada y le respondí: “¿qué dijiste?”. Él repitió: “Si sos virgen”. Un trueno me ensordeció y recordé el palomar en el que mi vecino me violó. Aquella vez conocí el sexo de la manera menos deseada. La fuerza bruta y salvaje de un adulto. El desgarro de mi calzoncillo y de mis carnes. Una penetración forzada que se robaba mi virginidad e inocencia. Mis gritos de dolor y su jadeo, mi impotencia y sus golpes. Conocía el sexo en el más horrible de su rostro. Lloré en silencio. Respondí: “nunca tuve sexo con una chica”.

Alguien se sentaba al borde de mi cama. Era Valentín. Su silueta frente a mí. Un relámpago me lo mostró observándome la cara. Me dijo: “¿No me devuelves la pregunta? ¿No deseas saber si soy virgen?” Le pregunté: “¿Lo eres?”. Me respondió: “Tampoco tuve relación con ninguna chica, pero no soy virgen, un tío me violó cuando era chico…no te imaginas lo repugnante que es eso”. No le expliqué lo mío. Bien sabía lo que eso dolía. Quedé en silencio sin decirle nada, me imaginé que estaba lagrimeando y le tomé la mano, el entonces apretó la mía.

Le dije: “Valentín…no te enojes. Yo no siento afecto de amigo sino algo más por vos. Te deseo desde hace mucho tiempo. Mi competencia fue una manera de llamar tu atención. Si quieres, me voy de esta habitación”. Su mano me tapó la boca y me dijo: “Yo también siento lo mismo por vos y no sabía como decirlo. Temía enfadarte”. Otro relámpago iluminó el momento en que me corría a un costado de la cama invitando a Valentín a recostarse a mi lado. Sus manos comenzaron a acariciar mi cuerpo y respondí de la misma manera. Cada caricia elevaba mi temperatura. Disfrutaba a pleno aquel momento. ¡Que situación distinta a la del palomar!

Nuestros labios juveniles se besaron largamente. Primero chocaban tímidamente entre si, luego nuestras lenguas se encontraron y los besos apasionados acallaban los truenos de la noche. Una lluvia de lujuria se desató entre nosotros. Lamía su cuerpo y él mi cuerpo. Sus manos ingresaron debajo de mi slip y acariciaban el contorno de mis glúteos. Hice lo mismo. Valentín se recostó sobre mi pene y comenzó a mamarlo. Nunca me habían ordeñado. Me impregnaba una sensación deliciosa. Él me chupaba la pija y puso a mi alcance la suya. Le bajé el bóxer y metí su miembro en mis labios. Quise hacerlo. Nadie me obligaba. El gusto no era agrio. Saboreábamos nuestros penes erectos.

Sentí que cada uno entregaba su virginidad al otro. En realidad esa era nuestra primera experiencia sexual. Lo vivido años atrás había sido un salvajismo. Era un rostro diferente del sexo. Nos transportaba por las nubes. El goce era total.
Me sacó el slip y yo su bóxer. Me puse de costado y él por detrás comenzó a hurgar mi esfínter. Me estremecí con su tacto. Instintivamente se salivó la pija mientras yo me humedecía el culo. Mis manos corrieron mis nalgas y su mano orientó la verga hacia mi orificio. Su glande intentó varias veces zambullirse en mi ano. Tras algunos intentos fallidos, sentí el dolor de la penetración. Lancé un quejido.

Se detuvo, besó mi nuca y susurró en los oídos: “¿Sigo?”. Después, hizo un nuevo envión y su pene se abrió paso en los anillos de mi esfínter. Suspiró aliviado. Le pedí que se quedara quieto hasta acomodarse. Lo tenía todo adentro, enterrado en mi culo. Comenzó a bombear. Me mordía la oreja. Entraba y salía de mi cuerpo. Gozaba cada una de sus estocadas. Yo disfrutaba también. No me sentía desgarrado. Me sentía amado por el más guapo de los chicos de mi colegio. Su miembro detuvo el bombeo y comenzó a palpitar. A cada palpitación, un chorro de semen ingresaba en mis entrañas. Mis manos atrapaban las sábanas y las suyas aferraban mis hombros.

Luego me puse boca arriba y le pedí que se sentara en mi pija. Se salivó el culito y me humedecí la verga. Mantuve con mi mano el miembro tieso. Esta vez el ayudó abriéndose las nalgas y fue sentándose con delicadeza. Un movimiento lento. La cabeza de mi pija entró en contacto con su esfínter. El dejó caer suavemente su cuerpo y el dolor lo detuvo. Sentí cuando mi glande ganaba espacio dentro de su ano. Después de superar el primer dolorcito, continuó sentándose. Mientras bajaba sus glúteos, yo experimentaba la sensación placentera de cómo penetraba mi tronco su orificio. Se sentó de golpe. Ambos pegamos un gritito: mi pija estaba muy adentro de su culo. Estábamos enganchados.

Moví la cadera y disfrutaba el roce de mi tronco en sus entrañas. Valentín subía y bajaba como si estaría domándome. En ese caso yo era un caballo alterado por semejante jinete. A los minutos lo aferré de la cintura, pegué mi palo en su argolla, y mis huevos quedaron aprisionados por sus nalgas. Esta vez fue mi pene que comenzó a pulsar y en cada pulsación arrojaba en su interior la abundante leche contenida.
Aliviados por el acto de amor, volvimos a acostarnos de frente. Mientras la tormenta continuaba hablábamos despacio y cada rato nuestros labios se humedecían entre ellos. Cada besito era un gesto de agradecimiento por una experiencia fascinante.

Esa noche, los dos, habíamos despertado al verdadero sexo. Ese, al que uno se entrega voluntariamente y lo disfruta porque ama.
Aquel campamento concluyó. El año escolar también. Valentín se fue a España con sus padres y nunca regresó. Nuestra amistad se acrecentó. Nos comunicamos por Internet. Hoy él tiene una pareja en Europa y yo en mi país, Argentina, estoy enamorado de un rubio al que quiero hacerlo feliz.
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Tags:    relatos eroticos   gays   campamentos   compañeros  


COMENTARIOS

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canelatropical  |  11-08-2012
ME GUSTO EL REALTO, MUY BUENA HISTORIA..


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