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infidelidad en el trabajo con mi jefe

por krista el 03-02-2010

Soy una mujer de 44 años, casada, con dos hijos adolescentes. Mi matrimonio de más de veinte años ha sido muy feliz a pesar de que mi esposo me ha sido infiel en varias ocasiones. Él dice que me quiere mucho y que lo otro solo han sido aventuras sexuales. En realidad yo no le creo, porque con sus amantes ha llegado a durar hasta varios años. Pero a pesar de todo esto, puedo decir que la vida sexual con mi marido es muy satisfactoria.

Él es muy activo y tenemos relaciones sexuales casi todos los días a pesar de los años que tenemos de casados. Mi esposo dice que esto es debido a que ha tenido estas aventuras sexuales, lo que ha hecho que nuestra vida sexual no sea rutinaria. No lo creí hasta que me ocurrió lo siguiente. Esto que les voy a relatar es algo que me sucedió hace unos pocos de meses. Yo siempre había pensado en serle fiel a mi marido a pesar de que él no lo fuera. Resulta que trabajo en una escuela como profesora, al igual que mi marido. Hace un año que me dieron un puesto administrativo, por lo que tengo que quedarme todo el día, a diferencia de antes, cuando estaba solo en la mañana. Por lo tanto, mi esposo se regresa a la casa al mediodía quedándome yo en el trabajo hasta que anochece.

Esto a él nunca le ha gustado, porque a pesar de que afirma lo contrario, es muy celoso. Yo comencé mi trabajo con bastante entusiasmo y aunque al principio se me hizo pesado, finalmente me gustó. Mi trabajo es más o menos rutinario y relativamente fácil. Un día, estando en mi oficina, todos se habían ido a comer y yo me quedé a terminar algunas cosas en la computadora, cuando se apareció me jefe. Es un hombre maduro que había estado muy guapo cuando era joven y ahora tampoco está mal del todo. Se sentó a mi lado y comenzamos a platicar sobre nuestras vidas. Él acababa de separarse de su esposa y vivía solo. Me decía sobre lo mucho que le costaba estar solo. Ya platicando cosas íntimas, también le platiqué las infidelidades de mi marido. Estuvimos mucho tiempo platicando sobre nuestras intimidades y cuando menos me di cuenta, estábamos muy cerca uno del otro. Podía sentir la calidez de su cuerpo cerca del mío. Yo inexplicablemente me sentía muy a gusto con esta cercanía. Estaba mirando a la pantalla de la computadora cuando volteé a verle a los ojos.

Como estaba su cabeza muy cerca de la mía, nuestros labios se rozaron sin querer. Una chispa eléctrica recorrió toda mi piel. Sin embargo, hice como si no pasara nada. Él tampoco se dio por aludido en ese momento. Seguimos platicando, pero la situación se estaba volviendo insostenible. Yo pensé, o hacemos algo o este tipo tiene que irse ya. Entonces decidí tomar la iniciativa sin que se diera cuenta. Me agaché para recoger algo inexistente en el piso y le rocé con mi cara su muslo. Levanté la cara en una forma brusca y casi le golpeo la cara, por lo que tuvo que echarse para atrás. De manera que pareció accidental, hice que su cara rozara con la mía. Ese fue el momento para romper el hielo. Se lanzó sobre mis labios besándolos con pasión. A pesar de haberlo hecho en forma premeditada, me tomó por sorpresa. Pensé en rechazarlo, pero algo me hizo responderle a su beso. Cuando reaccioné un poco, ya me había metido las manos dentro de la blusa y acariciaba mis senos.

El jaloneo era tan fuerte que en pocos momentos tenía los senos de fuera y los succionaba como un loco. Yo sentía una pasión abrasadora que nunca había sentido, ni siquiera en los encuentros más apasionados con mi marido. Le respondía metiéndole la lengua dentro de su boca y acariciándole el pecho, desabotonándole la camisa. Tuvimos que hacer a un lado nuestras sillas e irnos hacia un sillón. Quedé acostada de espaldas, por lo que pudo meter las manos bajo mi falda para quitarme las pantaletas. Una vez que lo hizo, se agachó para mamarme el clítoris. Lo chupaba y lo besaba de tal forma que tuve varios orgasmos en ese momento. Su boca y su cara quedaron mojadas de mis líquidos vaginales que en ese momento manaban como de una fuente. Se quitó los pantalones y los calzones quedando a la vista un inmenso pene, que me quedé sorprendida.

Yo solo había visto el de mi esposo que era de buenas dimensiones, pero no tan grande como éste que tenía a mi alcance en este momento. No pude evitar las ganas de mamárselo con una gran pasión. Pude hacer algo que mi esposo siempre me había pedido y que jamás conseguí, metérmelo hasta el fondo de mi garganta. En ese momento tenía ganas de metérmelo hasta el fondo del estómago, por lo que ni siquiera tuve ganas de vomitar cuando estaba hasta el fondo de mi garganta como me pasa siempre con mi esposo, que siempre me dan arcadas. Sentía su pene como un gran caramelo que lo quería tener dentro de mí. Sentí que iba a eyacular, por lo que me lo saqué de la boca, porque tenía ganas de que me penetrara por la vagina.

Nos estuvimos besando con la ropa hecha bolas, porque no se no ocurría desnudarnos estando en la oficina, a pesar de que no había nadie en ese momento. Me sobaba los senos de una manera casi brutal, me acariciaba las piernas, me acariciaba los labios mayores. Entonces se acomodó y me lo fue metiendo poco a poco. Yo sentía cómo ese trozo de carne iba horadando poco a poco mi vagina. Sentía cómo iba abriéndome hasta más no poder y su pene tocaba el fondo. Nunca me había sentido tan llena, tan penetrada, tan ampliada. Yo abría lo más que podía mis piernas para que pudiera penetrarme hasta el fondo. Cuando llegó a el comenzó a bombear. Sus movimientos eran lentos al principio. Sentía el roce de su pene contra las paredes de mi vagina. Entrando y saliendo, entrando y saliendo. El bombeo se hizo cada vez más rápido. Esto me excitaba cada vez más y cada vez más.

Sentía a la perfección los espasmos de mi vagina alrededor de su pene, exprimiéndolo. Llegó el momento en que eyaculó con un gran ruido de su parte y un gran gemido de la mía. Nos quedamos quietos. Yo quería tener el máximo tiempo posible su pene dentro de mí. Sentía como palpitaba aún. Le veía a los ojos con una sonrisa cómplice. Me respondió momentáneamente a la risa, pero luego se incorporo, se vistió rápidamente y me pidió que lo hiciera yo también. Nos asomamos a la puerta de la oficina para ver si alguien nos había visto. Como mi esposo también trabaja en el mismo lugar, es posible que le puedan ir con el chisme.

Aparentemente nadie nos vio. Han pasado varios días y mi jefe se ha comportado como si nada. Sin embargo, me da mucha excitación cuando lo veo platicar con mi esposo. Me imagino lo que pasaría entre ellos si se supiera esto. Cuando llegué a mi casa ese día, me sentía un poco culpable. Pero cuando tuvimos relaciones sexuales, me di cuenta de que mi esposo tenía razón. En la actualidad, tenemos sexo con más frecuencia y de una forma más apasionada. Entiendo lo que me decía, que gracias a sus aventuras sexuales nuestro matrimonio no era monótono.

Esta aventura despertó en mí la sexualidad nuevamente. Ahora no es solo gracias a sus aventuras, sino también a las mías.
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Tags:    relatos porno   infidelidades   casadas   oficinas   jefes  


COMENTARIOS

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camilovergalarga  |  21-12-2011
pues si kieres algun dia nos pudieramos ver tengo 22 años pero te podria hacer vibrar de paciòn y exitaciòn mamasita

monybix  |  31-01-2011
Morboso, eso de que el marido trabajase en la misma actividad y no fuera a vsistar a su conyuge al medio día

mariolos  |  13-10-2010
muy bueno exitante..


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