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por debajo de la mesa

por fati el 08-07-2009

Imagino que estoy en una típica cena de caridad, muy formal, en una mesa de exquisita mantelería, cubertería y cristalería. Todo perfecto. Estoy sentada con algunas parejas que en su mayoría son extranjeras. La conversación es aburrida y artificial y, en el mejor de los casos, educada. Pongo una sonrisa en "piloto automático" y me resigno a que los minutos pasen con lentitud y muy aburridamente, cuando noto algo suave que toca mis piernas, cruzadas bajo el largo mantel.

Miro a los comensales de mi alrededor, pero nadie parece haberse movido de su erecta posición. En el momento que decido olvidar el asunto, siento en mi tobillo la tibia humedad del aliento de alguien que me susurra palabras que no logro descifrar.

En ese momento me quitan un zapato, y ahogo el grito que me provoca un tierno beso en el puente del pie. La húmedad lengua de este anónimo amante mío recorre, vigorosa, todos los dedos de mi pie, enfundados en las medias de seda. Lucho por no reaccionar ante tanta provocación y vuelvo a mirar las caras de mis acompañantes, pero nadie parece ser cómplice de lo que sucede bajo la mesa, todos son ajenos al otro festín, en el cual yo soy el deseado manjar.

Mientras intento pensar decidir lo que debo hacer, una mano se desliza hacia mis rodillas y descruza delicadamente mis piernas. mi respiración se vuelve irregular, anticipándose a lo que será el próximo movimiento. Deseo ver quien es mi invisible seductor, pero no me muevo, sino que continuo con la sonrisa más educada que puedo. Me pregunto cuanto tiempo más podré aguantar sin reaccionar.

Su boca se mueve por la parte interior de mis muslos, humedeciéndolos, haciéndose camino hacia arriba. Temo que mi cara lo este desvelando todo. Mi respiración debe ser muy fuerte. Puede delatarme.

Cierro la boca y trago saliva, tratando de desesperadamente de mantener la compostura, pero cierta parte de mi se está hinchando y se mueve con contracciones y espasmos. No siento ya las piernas y mis caderas desean moverse en un vaivén desenfrenado.

Esa noche me puse medias de seda negras y provocativas braguitas de encaje. Miro a mi acompañante, a quien había dedicado estos coquetos trapitos, y tengo que sofocar una sonrisa cuando pienso en el papel de seductora que quería interpretar para él más avanzada la noche. Sin embargo, hoy he resultado ser la seducida. Me pregunto si él puede oler la excitación que bulle bajo mi calma exterior.

El camarero retira el plato que apenas he tocado y trae café en una fuente de plata. Nos sirve también un sofisticado postre de crema con virutas de chocolate, coronado con una frambuesa y una hojita de menta. Le doy las gracias al tiempo que la lengua roza el borde de mis braguitas. Mis párpados se cierran para no mostrar como mis ojos giran sugerentes hasta el final de su órbita. Me estremezco y echo una mirada alrededor de la mesa, sin preocuparme ya de lo que pueda pensar la gente que me rodea.

Me quedé mirando fijamente el postre mientras unos suaves labios comienzan una ritmica succión de mi dulce "jarrita". En este momento todos los límites y reparos anteriores se borraron de mi mente y lo único que podía pensar era: "No pares ahora, no pares, por favor".

Disimuladamente me cubrí el hombro derecho con mi mantón y deslicé la mano izquierda debajo de él, para acariciarme el duro y tieso pezón a través del fino vestido. Lo acariciaba coordinadamente con esa ansiosa boca que reposaba en mi perfumado "rincón". Poco a poco, como una flor, se fueron abriendo mis pétalos.

El ritmo se va acelerando y yo cojo la pequeña frambuesa del postre y la llevo desesperadamente a mi boca. Me siento atrapada en lo que parece una sensación de eterna suspensión, que late "in crecsendo" hasta su punto culminante. Un tremendo calor emana desde mi epicentro y se propaga por mi cuello y cara. Mi cuerpo arde en su totalidad. Y entonces el torrente. La explosión de placer. Su flujo se desliza entre mis piernas y es ávidamente acogido por mi compañero más íntimo, que ya no es un extraño, sino un amigo entrañable.

La lengua recorre lentamente cada pliegue y recoveco, saboreando y sorbiendo cada gota del néctar mientras yo todavía me extremezco. Esta marea secreta va paulativamente menguando, y unos finos dedos reponen delicadamente mis braguitas, como guardando este latente combustible para futuros juegos de artificio. Entonces las manos descienden delicadamente por mis piernas hasta su punto de partida y me ponen los zapatos uno a uno. Una vez calzada, mi boca fantasma le da un beso a cada pie como educada despedida.

Me doy cuenta de que estoy temblando y de que todavía tengo la frambuesa entre mis labios. La introduzco en mi boca y cojo la taza de café. Miro mi reflejo en el espejo del negro café, esperando ver la misteriosa transformación de mi rostro marcado por el placer....
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Tags:    cena   mesa   mastubacion   pies   orgasmo  


COMENTARIOS

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ELCHUPACOLAS  |  04-08-2010
GENIAL RELATO YO A MI EX NOVIA LA CHUPABA TODA POCO A POCO Y ME TOMABA SU NECTAR DEL AMOR


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