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las aventuras de un gay promiscuo

por krista el 07-06-2013

Las primeras noticias llegaron esa misma semana. Felipe me llamó y me dijo que le habían asignado nuevo destino, y me sentí aliviado si se marchaba lejos. Pero como la mala suerte nunca deja de acompañarme –debe ser alguna especie de castigo- el destino era en Almería, en el pueblo junto al mío, donde yo tenía mi casa, mis amigos y parte de mi vida.

-¿Cuánto durará la sustitución? -le pregunté.

-Seguramente poco, quizá no te dé tiempo ni a verme por aquí, porque este fin de semana estaré liado con la mudanza.

Las palabras de Felipe me dolieron de alguna forma porque anteponía una mudanza a vernos. Y ciertamente ni si quiera era una mudanza, porque si la sustitución iba a ser corta no necesitaría muchas cosas e instalarse en un apartamento no le robaría mucho tiempo. No sé si su actitud venía dada por una forma de ser, extremadamente responsable, previsor y organizado, en el que todo debía estar perfectamente controlado sin dejar lugar a la improvisación. Y ese era el aspecto que menos me gustaba de él. La otra opción pasaba por si realmente eran excusas porque yo ya no le atraía tanto. En el fondo daba igual, y yo me di por aludido y no sugerí verle ni nada por el estilo. Ya tenía mi plan alternativo y además venía Juan, el adorable y apuesto hermano de mi alumno al que llevaba sin ver desde que comí en su casa hacía ya varios meses.

La semana fue entonces monótona y casi aburrida por no tener ya ningún calentamiento de cabeza. Culpar a Felipe resultaba sencillo y comprensible, así que una cosa menos en la que pensar. Al viernes le costó llegar, pero lo hizo finalmente. Pedro, mi alumno, me anunció cuando se iba que sus padres contaban con que algún día comiera en su casa mientras Juan estaba allí y esta vez la invitación me alegró. Lo que no me imaginaba es que fuera tan rápido, y el mismo sábado por la mañana la madre de Pedro y Juan me arrolló en el bar de siempre, seguro que conocedora de mis reiterados hábitos. Cerré mi ruta de los sábados tras el estanco y la farmacia en la carnicería donde Julián me dijo casi entre susurros que su chimenea estaba más caliente que nunca insinuando que tenía que ser yo quien fuera a su casa esta vez. Me limité a sonreír y me despedí. Dejé la compra en casa y fui hacia la de los Manrique.

Pedro me recibió eufórico con una revista de coches que su hermano le había traído; el padre me acogió muy agradable tendiéndome la mano y aceptando un par de botellas de vino que me atreví a llevar pese a saber que ellos mismos producían el suyo propio. La madre, encantadora como siempre, me plantó dos besos mientras le daba una bandeja de pasteles que acababa de comprar.

-No tenías por qué molestarte –agradeció.

-¿Y Juan? –interrogué.

-Ha salido a ver a un amigo –informó el padre-. No tardará en llegar.

Me sorprendí porque me dijo que no tenía colegas en el pueblo y me sentí hasta celoso y mala persona por si quiera pensar en que me molestaba que el pobre chaval de veintipocos tuviera amigos. Cuando llegó me tendió la mano sin mucha firmeza y le noté reservado como le recordaba. Aunque yo tampoco soy muy extrovertido que digamos, el vino del padre me ayudó a soltarme un poco y le pregunté sobre sus estudios y su vida en la ciudad rememorando casi como lo hacen los viejos mis años universitarios. Comimos tranquilamente un plato típico que sabía delicioso, la sobremesa se regó con otro tipo de vino dulce que no me entusiasmaba y con la excusa del café pude eludir tomarlo. Me enseñaron a jugar a un nuevo juego de cartas, me contaron historias que casi hacían enrojecer de la vergüenza a los dos hijos, cotillearon y enumeraron rumores de la gente del pueblo, el carnicero incluido, del que decían que era homosexual sin entrar en muchos detalles y sin revelar su opinión al respecto. Escuchar el nombre de Julián me recordó nuestra cita e impulsivamente miré el reloj. Eran casi las siete de la tarde y aunque estaba realmente a gusto no quería dejar plantado a Julián y me apetecía saciar otro tipo de relaciones menos sociales.

-Me voy a marchar –les informé.

-No hombre, quédate –insistieron-. De aquí a nada encendemos la otra chimenea y asamos unos chorizos y unas chuletas y cenamos.

-Muchas gracias, pero no puedo pensar más en comida –mentí.

-¡Pedro! –Gritó la madre-. Bájate la Wii esa que te trajeron los Reyes y jugamos a ese juego tan divertido.

El niño le hizo caso inmediatamente y al minuto bajó raudo las escaleras con la videoconsola en la mano. En ese lapso traté de perseverar en mi idea de irme, pero hasta el introvertido Juan me invitó tímidamente. No me quedó más remedio que resignarme y aceptar. Pensar en Julián me creó cierta ansiedad en algún momento, pero me lo pasé realmente bien rodeado de aquella bendita familia que me trató como si fuera uno más. Y me jodía pensar que mi vida girara en torno al sexo pudiendo pasar esos ratos tan agradables sin necesidad de retraerme como si fuera un salido. Y esa fue la excusa que me sirvió como auto disculpa por dejar plantado al carnicero, así que disfruté, jugué, comí y me emborraché. Bebí tanto que se me trababa ya la lengua, pero no lo suficiente como para ver necesario que me acompañaran a casa, que era la idea de los padres animando a sus hijos a que lo hicieran. Todos sabíamos lo insistentes que podrían llegar a ser, así que para qué discutir con ellos.

Pedro y Juan vinieron conmigo hasta la plaza en la que ya no quedaba prácticamente nadie salvo un amigo del hermano menor que se fumaba un porro escondido en una esquina. Pedro decidió acompañarle mientras Juan iba y volvía a mi casa. Una vez allí el futuro ingeniero guapo y enternecedor apuntó que una ducha me sentaría bien y que si yo quería me ayudaba a prepararme. Obviamente rehusé su ayuda de pura vergüenza y él, algo decepcionado quizá, anunció que se marchaba. Pero antes de hacerlo, y ante mi sorpresa, me besó. Fue un beso rápido y tímido, casi en un impulso o fruto de tenerlo planeado. El caso es que se lo devolví mostrándome mucho más lanzado que él, pero Juan se sorprendió también y huyó. Me recuerdo hablando solo cual borracho por la calle preguntándome en voz alta qué significaba todo aquello. Y debido al estado de embriaguez sonreía o de repente me abatía la tristeza por aquel veinteañero del cuál no sabía muy bien qué pensar o lo que me hacía sentir a mí.

La resaca del domingo fue terrible. En mi cabeza retumbaba cualquier sonido que me alertara de lo que ocurría fuera de mi mundo, que tampoco era mucho en un pueblo tan tranquilo. Y seguro, pues recordé por un momento que debido a mi borrachera no había echado la llave en la puerta de abajo después de que se marchara Juan. Me asomé desde la de arriba para asegurarme de que al menos la había dejado atrancada y vi entonces una bola de papel arrugada tirada en uno de los escalones. “Eres un maricon” decía, siendo mi primer pensamiento que la “o” no llevaba tilde. Por tanto, empezaba la jornada como he estado acostumbrado casi cada uno de los días de mi vida, rallándome por algo que me evadía de una ficticia felicidad que ni yo mismo creía ni me veía capaz de mantener. Porque el recuerdo del sábado, al margen de mi cita con el carnicero, me evocaba momentos muy agradables. Pero siendo yo, poco habían de durar.

Y lo peor es que por mucho que me amargara y pensara quién narices había escrito la nota no servía absolutamente para nada, pues no iba a conseguir averiguar de quién provenía por más que me convenciera de que había sido Julián por dejarle tirado, pero por lo poco que le conocía no le pegaba hacer eso y nada ganaba con ello, amén de estar hablando de un tío de más de cuarenta años. Llamé a Felipe, pero no me contestó. Le envié entonces un mensaje contándole lo de la nota y lo mal que me encontraba. Minutos después me escribió: “luego te llamo”. No logré entender qué narices podría estar haciendo que fuera más importante que devolverme la llamada y ver cómo me encontraba. Su indiferencia intensificó mi desconsuelo y se sumó a la lista de cosas por las que rallarme. Decidí darme una ducha, vestirme y salir a tomar el café de rigor para que me diera un poco el aire y me apartara de una introspección de lo más dolorosa y punzante. En el bar de la plaza, y como de costumbre, el grupo de viejos se reunía al fondo de la barra tomando ya vinos y al que como esperaba, se había unido el carnicero. Me saludó con el típico “hola madrileño” como el resto mostrando una inquietante naturalidad. Cuando el camarero me puso el café y volvió a reunirse con ellos, Julián se me acercó.

-Te estuve esperando ayer.

-Lo siento, me invitaron los Manrique y no pude escapar –aclaré.

-¿Resaca entonces? Tienes mala cara –apuntó.

Y le conté lo de la nota como un posible motivo para que mi rostro revelara lo mal que estaba.

-No te acerques por mi casa–fue su único comentario hundiéndome más si cabe.

Dejé el dinero y caminé lo más rápido que pude porque lo único que quería era llegar a mi casa y ponerme a llorar. Lo hice como un niño pequeño tumbado boca abajo sobre mi cama maldiciéndome y elucubrando una posible baja laboral para marcharme de allí cuanto antes. Quise encontrar algún tranquilizante, pero no tenía ninguno, y opté por abrirme una botella de vino para emborracharme a solas como si aquello fuera a ayudarme a resolver mis problemas. Al menos tenía claro que Julián no había escrito la dichosa nota, pero me desconcertó muchísimo que me prohibiera ir a su casa quizá por si me relacionaban con él, pero tampoco encontraba explicación lógica, pues los Manrique manifestaron el día anterior que todo el pueblo conocía las orientaciones del carnicero. El timbre de la puerta me sacó del ensimismamiento.

-Hola –saludó Juan con tono serio-. Puedo pasar.

Le hice entrar y le invité a sentarse.

-¿Qué te pasa? –me preguntó algo preocupado-. Tienes los ojos rojos. ¿Has estado llorando?

Le enseñé entonces el trozo de papel arrugado y a Juan le cambió la cara.

-Ángel, esa nota era mía. Se me debió caer anoche del abrigo.

Suspiré casi satisfecho y mi ansiedad casi se esfumó de un plumazo. Sin embargo, me preocupé por Juan y el porqué de llevar esa nota en el bolsillo.

-Esa nota es una de las muchas que me han ido dejando –explicaba-. Cada vez que vengo a este maldito pueblo me las tiran cuando voy por la calle o las echan en mi casa. Es una pesadilla.

-No sabes quién –le interrumpí.

-Sí, un tarado que consideraba mi amigo hasta el año pasado. Le conté porque era el único que me quedaba del instituto en este pueblo que estaba confundido sobre si me sentía atraído por los tíos. El capullo se dio por aludido o vete tú a saber y su respuesta fue esa, “eres un maricón”. Desde entonces parece que no tiene nada que hacer y se dedica a seguirme y putearme como si le hubiese hecho algo. Así es la gente de este pueblo.

-¿Y tus padres?

-Supongo que alguna nota habrán visto, pero no me han dicho nada y yo a ellos tampoco. No se lo merecen.

-Pero no haces nada malo, Juan –traté de consolarle.

-Lo sé, lo sé, de verdad no quiero ni necesito charlas de ese tipo. He intentado contárselo, pero no he encontrado el momento. Ayer estuve a punto cuando nombraron al carnicero y aprovecharme de que tú estabas allí. Porque…porque tú eres gay, ¿no?

Cuando le confirmé que sí Juan se insinuó, pero le frené lo más rápidamente que pude.

-Pero si ayer me besaste –exclamó.

-Iba muy borracho. Tengo novio, Juan –le mentí.

Porque Felipe ya casi no era nada, pero en realidad no me interesaba en absoluto comenzar otra historia que se llenaría de capítulos oscuros que no llevarían a nada. Por muy atractivo que Juan me resultase reconozco que no me apetecía embaucarme en una nueva aventura y, siendo egoísta, mucho menos con un chaval de veintidós años que no había salido del armario y que presumiblemente era virgen. Ya he pasado por eso y es lo que menos necesitaba en aquel momento. Juan lo entendió y no persistió en su idea. Y entonces empezó a contarme cosas sobre su vida que no vienen al caso puede que con la única idea de desahogarse, buscar consuelo, consejo o qué sé yo. El pobre no me aburrió mucho, pero en ese momento yo no era la persona más apropiada para aconsejar nada y cuando se marchó me sentí en cierta forma aliviado. Después casi llegué a arrepentirme y sentirme ciertamente egoísta porque el chico no tenía culpa de nada, pero me confortó pensar que sería lo mejor para ambos y que a él, puesto a iniciarse en su vida homosexual, le convenía hacerlo fuera de ese pueblo y con alguien con el que la situación no fuese tan forzada.

Aunque mi problema se había resuelto parcialmente, la botella de vino abierta sobre la barra de la cocina me siguió pareciendo apetecible, y como aún me quedaba mucho día por delante la fui consumiendo poco a poco. Sí, me emborraché yo solo dando una imagen casi patética pensando en voz alta cuán desalmados eran el maestro y el carnicero y la mala suerte que siempre me rodeaba queriéndome castigar por todo lo que había hecho. En un momento de silencio escuché la puerta de abajo abrirse y me sobresalté.

-Hola madrileño –saludó el carnicero.

-¿Qué haces aquí? –pregunté extrañado-. Me lo dejaste muy claro hace un rato.

-¿Qué te dejé claro el qué? ¿Qué no fueras por mi casa?

-Sí –respondí seco-. Se ve que no quieres que te relacionen conmigo así que no entiendo por qué has venido.

-Todo lo contrario idiota –dijo rudo.

-¿Cómo? –inquirí aturdido.

-Invítame a una cerveza y te lo cuento –propuso.

Se acomodó en el sofá como solía, aunque esta vez sin desnudarse, le dio un trago a la cerveza y comenzó a hablar.

-El año pasado ocurrió algo parecido con tu novio Felipe –esto lo dijo con cierto tono socarrón-. Una de las veces que vino a mi casa me contó que yendo por la calle le habían llamado marica y le habían mencionado mi nombre. Eso no sé si será verdad porque no me fío mucho de ese santurrón y puede que lo hiciera simplemente para involucrarme en sus movidas, darme pena o para culparme.

-No entiendo qué tiene que ver eso conmigo.

-Déjame acabar. En el pueblo se sabe desde hace años que yo soy gay, nunca lo he mostrado en público y he intentado ser discreto, pero se ve que no lo conseguí. Aquí si no te casas antes de los treinta ya te cuelgan el sambenito. El caso es que yo tenía mis rollos en la ciudad porque en el pueblo no se conocían más homosexuales, así que era fácil quedarse en el armario. En una de esas escapadas conocí a Leo, el que fue mi novio durante diez años.

-¿Qué pasó? –pregunté muy sorprendido porque no me esperaba que Julián pudiera haber tenido novio.

-Murió –aclaró lánguido.

-Vaya, lo siento mucho.

-Está bien. Leo falleció hace tres años y entonces los rumores sobre otros gays se habían extendido porque empezó a venir gente de fuera a vivir aquí y digamos que nos modernizamos. Yo no volví nunca a la ciudad a buscar ligoteos por respeto a Leo, y de hecho, hasta que Felipe apareció no tuve relaciones con nadie. Yo tenía muy claro que no iba a tener nada serio con él por el simple hecho de que yo no quería, pero se ve que el maestro esperaba algo más de mí. Fue bastante insistente y pesado, casi acosador. El día ese que vino diciéndome que le habían llamado marica sentí cierta lástima por si en verdad era culpa mía porque le relacionaran conmigo, pero como te he dicho, a esas alturas no me fiaba de él. Pero por si acaso, y cuando me has dicho esta mañana lo de la nota, he querido apartarte para que no te ocurra lo mismo. Tú no pareces tan chiflado como Felipe, y te dije el otro día que me caías bien.

-Bueno, en realidad…

-¿Qué? –interrumpió.

-Lo de la nota ya está aclarado y no iba dirigida a mí.

-Joder, lo podías haber dicho antes y me hubiera ahorrado tener que contarte esto.

-No me has dado tiempo…

-Lo sé, lo siento –se disculpó-. ¿Qué ha pasado entonces?

-Ayer me acompañó Juan, el hijo mayor de los Manrique, y se le cayó según me acaba de contar. Tiene a otro “acosador” que le llama maricón cada vez que viene.

-Sí, estoy al tanto de ello. Ese maldito Alejandro Ramírez.

-¿Sabes quién es entonces?

-Sí, la madre de Juan me lo contó un día.

-O sea que lo saben los padres –deduje-. Pero a Juan no le han dicho nada.

-Eso ya son cosas en las que no entro –comentaba-. Pepa vino un día para pedirme consejo y contarme lo de las notas de su hijo porque no sabía muy bien qué hacer. Fue la primera y única persona del pueblo a la que le confirmé que efectivamente soy homosexual, pero no supe cómo ayudarla. ¿A ti te han hablado de eso?

-No, ayer cuando estuve en su casa sacaron el tema al hablar de rumores del pueblo, pero nada más. Juan me confesó antes que estuvo a punto de desvelárselo a sus padres mientras estaba yo allí, pero quizá por temor al qué dirán aún no lo ha hecho. He tratado de darle mi opinión, pero no se ha dejado. Imagino que es una etapa que todos hemos pasado.

-¿Ah sí? ¿Tú también? Seguro que tú lo has tenido mucho más fácil.

-Bueno, eso tú no lo sabes –dije casi ofendido, aunque tenía toda la razón.

-No te mosquees hombre, que estoy bromeando. Cuéntamelo si quieres, aunque no estoy para traumas, ¿eh?

-No fue un trauma. En realidad fue muy fácil como bien dices. En una fiesta en casa de mis padres uno de sus empleados me provocó y nos descubrieron. Mis padres no hicieron mención a nada y lo asumieron sin más.

-Sabes que eso es una suerte, madrileño.

-Lo sé. Cuéntame más sobre Felipe anda –le animé mientras le servía otra cerveza.

-¿Qué quieres que te cuente? ¿Estáis liados? –preguntó.

-Ya no –aclaré.

-Pero le has sido infiel conmigo, ¿verdad?

-¿Cómo lo sabes? –me extrañé.

-Qué cabroncete eres. Esas cosas no se hacen –dijo riéndose.

-Tú sí que eres un cabrón, que nos propusiste hasta un trío –le recordé.

-Sabía que no ibais a aceptar. Lo dije sin pensar, pero completamente de broma para provocarle. Los tríos son para soñarlos, no para hacerlos.

-¡Qué profundo! –me burlé- No me lo esperaba de ti.

-¿Por qué? ¿Tan promiscuo me ves? –se rió.

-Hombre, no sé. Pero que seas tan…

-¿Directo? –interrumpió.

-No, tan áspero y seco.

-¿Áspero y seco? Puede, pero esa no es razón para tener que montarme orgias –se justificó.

-Ya, ya. No sé, no quería decir eso.

-¿Es una disculpa? –interrogó.

-Para nada.

-Lo suponía. No tienes pinta de ser alguien que pide disculpas. Yo seré seco y rudo, pero tú eres un poco soberbio.

-No diré nada, jaja.

-Vale, pero yo sólo diré una cosa, madrileño.

-Dime.

-No esperes de mí nada más que sexo los domingos. Podemos llegar incluso a ser amigos si quieres, pero no va a haber nada más. No quiero que haya lugar a equivocaciones y mejor dejarlo todo claro, ¿no te parece?

-Me parece.

-Me alegro. Me caes bien y me mola follarte, pero como te digo, con los domingos por la tarde me conformo. Puede que también algún día de Fiesta, pero no nos veremos entre semana ni nada, ¿vale?

-Vale –confirmé.

-Nos podemos dar los números de teléfono si quieres –propuso- por si ocurre lo de ayer.

-¿Y poder buscar un plan B? –pregunté inoportuno.

-No, aquí no hay plan B por suerte o por desgracia.

-¿Tratas de decirme que por tu vida sólo hemos pasado Felipe y yo?

-No es asunto tuyo –recriminó.

-Ok, ok.

-Pero sí, ha habido alguien más, alguien que viene de vez en cuando a verme y que conocí el verano pasado cuando estuvo aquí de vacaciones. Si algún día le da por venir te lo haré saber y no quiero escenitas de celos.

-¿Por quién me tomas? No hace falta ser tan seco, ¿no crees? Parece que me estás haciendo el favor tú a mí y en realidad…Bueno, nada.

-Sigue, sigue, en realidad me lo estás haciendo tú a mí.

-No quería decir eso –puntualicé.

-Da igual, si es verdad. Me has venido muy bien, lo reconozco. Y también soy capaz de reconocer que me estás haciendo un favor, pero lo importante es que lo pasemos bien juntos. Bueno, gracias por las cervezas. Luego vengo si quieres.

-¿Te quieres quedar a comer? –le invité.

-No…mejor que no –dudó-. Te veo luego.

Respiré doblemente aliviado otra vez esa mañana. Igual que los problemas habían aparecido súbitamente, las soluciones a los mismos parecían llegar de la misma manera. Julián no era pues tan desalmado y Felipe, a pesar de todo, se revelaba como un descerebrado más de tantos que han pasado por mi vida. Para entretenerme con algo me puse a pensar en las palabras del carnicero y volví a sentirme egoísta y mala gente por mi forma de actuar. Debía comprender que era su manera de ser y no pretender cambiar que fuera tan tosco. Es más, reconoció que le había venido bien que yo llegara al pueblo, así que ¿por qué rallarme entonces? No podía evitar ser tan negativo y ver en aquello una relación normal, no en que alguno quisiera quedar por encima del otro o ser sometido. Porque sí, es verdad que las palabras de Julián podían ser interpretadas como que él controlaba la situación, pero en el fondo yo también disfrutaba con tener sexo con él así que no había que extrapolar el rol activo pasivo fuera del propio acto. Es más, nunca lo había tenido tan fácil, y ya comenté que la idea de tener un follamigo era de lo más atractiva. Y también novedosa, porque me costó hacerme a la idea de que pasaría unos meses sabiendo que sólo echaría un polvo los domingos. Desde luego era más de lo que hubiera podido imaginar, pero me refiero al hecho de saber que va a ser siempre el mismo día, de pensar en el domingo por la tarde como el mejor día de la semana, de sentirme como un salido por ello…Buff, no quería rallarme otra vez y traté de dejarlo estar.

Me acabé la botella de vino, me preparé una ensalada y comí mientras veía un capítulo de Los Simspons. Puse la cafetera y me senté a esperar a que Julián viniera. No pude evitarlo y me excité y entonces pensé que sería así la mayoría de las veces y le esperaría con muchas, muchas ganas. Pese a nuestra cita, y como era relativamente pronto y Julián no acostumbraba a venir hasta que se pusiera el sol, comencé a masturbarme. Pensé en ver una peli porno, pero la sola idea de imaginarme al carnicero era suficiente excitación. Eché de menos tener algún juguetito con el que penetrarme mientras me sobaba el pene, pero supongo que fue sólo fruto del momento porque nunca me ha dado por comprarme uno. En plena efervescencia sonó el timbre. Nervioso me vestí lo más rápido que pude y abrí la puerta todavía empalmado.

-Ya que ahora somos amigos he pensado en venir antes y estar más tiempo juntos. ¿Qué te parece?

-Muy bien –le contesté.

-Vaya, veo que te alegras de verme –dijo Julián tras apreciar el bulto por debajo de mi pantalón de chándal.

-No, es que…estaba…

-¿Una paja? ¿A estas horas? –dijo riendo-. Ven aquí, anda.

Y me agarró del cipote por encima del pantalón y me dirigió a mi propia habitación. Allí se denudó y me ayudó a mí a hacerlo.

-Puedes seguir si quieres –propuso al tiempo que yo me ruborizaba.

-No me la voy a cascar contigo mirándome –dije riéndome-. Hagamos mejor lo de siempre.

Y sin darle tiempo a que replicara me acerqué a su polla y comencé a lamérsela. Tampoco le había dado tiempo a que se la tocara él solo y se empalmara, así que verla completamente flácida me gustó. Ayudándome de las manos comencé a introducírmela en la boca para sentir allí cómo iba reaccionando a mis estímulos notándola crecer en mi garganta y endurecerse alrededor de mis labios. Julián no escondió sus jadeos y los acompasó al ritmo que yo ya mantenía metiéndome y sacando su verga de mi boca. A veces me detenía en el rosado y prominente glande o recorría su tronco con la punta de mi lengua. Otras veces le rozaba los huevos, los lamía o me los tragaba directamente. No le hacía ascos a nada y me permitía trabajarle como yo quisiese. Sin embargo, y como siempre, cuando él consideraba que había llegado el momento de follarme, me apartaba y se dedicaba a prepararme el culo. Fue entonces su lengua en mi ano la que provocó en mí un gran sollozo y tras escupir un par de veces y esperar que se pusiera el condón, sentí el pollón de Julián comenzando a invadir mi cuerpo.

Que entrara más fácilmente que en otras ocasiones fue gracias a la postura más cómoda que nos proporcionaba la cama, pues hasta entonces lo habíamos hecho todo en el sofá. Allí me podría haber puesto también a cuatro patas, pero a pesar de lo ridícula que se me antoja esa postura, sobre el colchón parecía más natural. Por tanto, las rápidas y exigentes embestidas del carnicero pillaron el ritmo antes, y ambos nos sumimos al placer emitiendo al unísono gemidos que evidenciaban cuánto nos gustaba a los dos. Ante esa postura el acople de su polla y mi culo eran perfectos y por lo que conocía a Julián sabía que permanecería así hasta correrse. Para mí era más difícil, pues tenía que sujetarme con los dos brazos para no perder el equilibrio impidiendo así que pudiera masturbarme mientras me petaba el trasero. Lo intenté a ratos, pero cargar todo el peso en un solo brazo hacía que éste se resintiera. Así que para no evadirme del placer que sentía, dejé aparcada mi verga y disfruté de la follada de Julián sin más.

Se corrió sobre mi espalda con un aullido final mientras sentí su espesa leche deslizarse por mis nalgas. Tras notar su espasmo final y su último sollozo debilitarse en la habitación, me dio una palmadita a modo de anuncio de que había acabado. Le vi salir del dormitorio imaginando que para fumar, pero me sorprendí cuando entró de nuevo y se tumbó sobre el colchón ofreciéndome un cigarrillo. Me limpié veloz con una toalla que saqué de la cómoda y me senté a su lado. Sonreí al ver a ese tío corpulento, moreno y algo vanidoso tumbado por primera vez en mi cama, pero admito que me sentí bien.

-Madrileño, te he interrumpido la paja y ahora te has quedado a medias –reconoció.

-Da igual.

Fumamos en silencio como era ya habitual y tras apagar los cigarros me volví a enfrentar a algo nuevo, porque Julián siempre se iba después de follar, pero ese día vino antes para pasar más tiempo juntos -según dijo-, así que no supe qué tocaba después.
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Tags:    anal   promiscuidad   gays   relatos eroticos   sexo oral  


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