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pajas a costa de la amiga de mi hermana

por krista el 06-04-2011

La verdad, nunca se me dio por escribir hasta ahora, pero ella se lo merece. Fue la mujer número de mis pajas durante años. No recuerdo exactamente la primera vez que la vi entrar en mi casa, pero era diferente al resto de las amigas de mis hermanas. Se desenvolvía con una personalidad y sensualidad que eran imposibles de ignorar. Aunque si de ignorar se tratase, yo no existía para ella. No era otra cosa que un objeto de la casa, cómo un almohadón sobre el sillón frente a la televisión, un florero en la mesa, o una alfombra que hay que pisar para llegar a otro lado. La describo para que se den una idea: rubia, flaca, 1,67 metros de altura, unos pechos de película de esos para quedarse dormido sobre ellos, cola durita y piernas de marcadas por la gimnasia. Pero lo mejor, a mí gusto, era su cara, bien con rasgos de mujer, no de nena de 21 años, con unos ojos verdes/celestes penetrantes donde podía perderme en fantasías y unos labios rosa para comerlos. Era verla entrar, ponerme colorado esperando que me salude por mi nombre o con un beso, para poder sentir esa piel que me partía la cabeza. Pero no, nada de nada. Entraba, miraba al vacío o mejor dicho, donde estaba yo, y pasaba de largo atrás de mi hermana. La puta madre pensaba, nunca me sentí tan ignorado. Ni un gesto de sorpresa, ni un segundo de más con la mirada fija en mí. Así era cada vez que venía, verla entrar, mirada al vacío, y verla salir toda arreglada para bailar cuando el taxi tocaba bocina luego de la medianoche. Entre tanto, pasaba cada tanto por los pasillos con tal de cruzarla, a servirme un vaso de gaseosa para ver si estaba en la cocina, pero nada. Sólo se movía de la pieza al baño para arreglarse y del baño a la pieza. Y luego se iban a bailar. No podía escuchar en cuál boliche iban a estar, pues entonces hubiera forzado el encuentro. Así pasó todo el primer año. El material de mis incontables pajas eran esos pocos segundos de verla entrar vestida de entre-casa y esos pocos segundos de verla salir producida para el boliche. Hasta que revolviendo las fotos de mi hermana, pude encontrar algunas donde estaba ella. Fue como tocar el cielo con las manos, mejor dicho, con una sola porque la otra no me la podía sacar de la verga, me quedaba colorada de tanto que me daba.

Meses más tardes, volviendo del laburo en tren me la empecé a cruzar en una de las estaciones. En mi caso, solía tomarlo en una de las cabeceras pero ella subía en la primera estación y la veía pasar caminando por el pasillo. El contraste con el resto de las mujeres del vagón era notable. Y adivinen qué? Tampoco me da bola. No entendía nada, y encima me acobardaba más. Ya ni le podía mantener la mirada, porque el no sentir nada de ella iba a ser el peor castigo para los 45 minutos de viaje que quedaban. De última, me decía a mí mismo, no me vio porque buscaba apurada un asiento libre. O quizás me ignoró por la cara de pajero que tenía, y seguramente le iba a contar a mi hermana de lo incómoda que se sentía al tenerme cerca.

Los años siguieron pasando, pasaron otras chicas, algunas fueron novias, me mudé a la capital federal y tiempo después me casé. Cada tanto iba a visitar a mis hermanas a la provincia. Y más desde cuando mi vieja construyó una pileta en el fondo de la casa. Ahí sí que empecé a esperar el verano más que ninguna otra temporada. Empecé a ir los fines de semana con la excusa de visitarlas pero en el interior sabía que ella podía estar. Y no me equivoqué, solía ir más seguido a tomar sol y disfrutar de la pileta. Desde mi ex-pieza en el primer piso, la miraba cómo tomaba sol en bikini, cómo se bajaba los breteles, cómo se ponía boca abajo en la reposera. Esos veranos me pasé tardes encerrado, mirándola desde la ventana como si fuera algo prohibido, mientras no paraba de matarme con pajas tras pajas, hasta que sólo me quedaban gotas de leche. No me importaba nada, la tenía ahí, a metros de mí. Ella tomando sol, y yo acabando en su honor.

Un día mientras estaba trabajando, recibo un correo de mi hermana. Mi sorpresa fue ver que entre las copiadas estaba el e-mail de ella. No lo pensé dos veces, fui al Hotmail y me saqué una cuenta nueva. El primer nombre que se me ocurrió fue el de un autor de un libro que tenía a mano: Enrique. La agregó al MSN y mientras me logueo con el nickname de Henry, me transpiraban las manos pensando en cómo iba a justificar que la conocía. Ya sé, le iba a pasar la pelota a ella. Ella o su MSN en forma automática me habían agregado, así que mi primer mensaje fue un “quién sos?”. Minutos más tarde la intenté arreglar con quizás teníamos conocidos en común. Cosas del destino e Internet. Chateamos apenas un mes, y al primer comentario que hice de una foto de ella. Me borró. Que hija de puta, la calentura que tenía.

Como suele suceder en la vida, las cosas pasan cuando uno menos las espera. Una de mis hermanas termina su cursada en la universidad y organiza una fiesta de graduación. Como ya estaba resignado con ella, ni pensé que la iba a ver. Me vestí para la ocasión, me fui a encontrarme con mis hermanas y de golpe aparece vestida con una remera strapless y unos jeans gastados muy cancheros. Esta vez me saludó con un beso, pero desapareció en el primer taxi que partió para la quinta donde se organizaba el evento. Interesante, pasó algo distinto. La cabeza me empezó a maquinar a mil, de esa noche no pasaba. Llegué a la quinta, y me entero de que hay canilla libre de cerveza. El escenario no podía ser mejor. Mientras una de mis hermanas era agasajada, me quedé con la otra, un par de amigos de ella y la señorita en cuestión. Como ambos no conocíamos a nadie más. La charla fue inevitable. Y los vasos de cerveza empezaron a pasar, la gente empezó a bailar y de golpe estábamos los dos agarrados de la mano, bailando cumbia y salsa, hasta que llegó el reggaeton. Soy ateo, pero me permito decir un “por dios!”, me empezó a bailar bien pegada a mí, de frente, de costado, de espalda mientras me frotaba. Hasta que un momento ella se puso como montando mi pierna, casi me muero de la calentura. Tantos años, y la tenía ahí, frotándose sobre mi pierna y mirándome con una cara de desinhibida producto del alcohol. Hasta que un momento se separó porque mis hermanas andaban cerca. No perdí tiempo y le pregunté si me podía acompañar a los baños que quedaban saliendo del salón. Al tiempo que me decía que sí, le agarré y la mano y partimos rápidamente. Llegamos a los mismos y nos separamos. Mientras entré al de hombres, me miraba la cara en el espejo y tenía una sonrisa, la tenía a metros de mí y lejos de todos en la fiesta. Junté coraje, y me fui a esperarla. Cuando salió del baño la agarré de la mano y seguí caminando para la parte de atrás del salón y la arrinconé contra la pared. No me acuerdo bien la secuencia porque estaba con mucho alcohol encima, no sé si primero la apoyé y con una mano en su cola la atraje hacía mí para besarla, o si le comí la boca y mientras empezó el intercambio de lenguas, la agarré de la cola para poder sentir esos pechos pegados a mí. La cuestión es que nos estábamos matando hasta que me empujó hacia atrás, y me dijo que esto no podía estar pasando, que era el hermano de su mejor amiga, que estaba casado, y que estábamos los dos borrachos. Saqué el as bajo la manga, y le dije que yo era Enrique, el que intentó hablar por chat con ella para conocerla, que me gustaba de mucho antes y que no era una calentura producto del alcohol. Mientras quedó confundida, volví a besarla y pasamos unos cuantos minutos que parecían un sueño. Me olvidé de aclarar que era una noche fría, y ambos estábamos sin abrigos. Así que entramos a la cocina del salón y seguimos comiéndonos la boca contra la pared. Otra vez me cortó, al tiempo que decía que mi hermana nos iba a ver. Intenté convencerla que no, hasta que me señala atrás mío y la veo a mi hermana tranzando con un flaco contra una de las paredes de la cocina pero de espaldas a nosotros. Nos separamos, ella entró al salón y yo me fui por atrás para que nadie se de cuenta. De golpe sale mi otra hermana diciendo que nos tenemos que ir porque uno de sus amigos estaba muy borracho y tuve que acompañarla. La verdad, no me sentía muy bien. El alcohol y todo ese episodio me marearon mal. Llegué a mi casa, apenas empiezo a subir a la escalera, me tiro en el descanso de la misma y me quedo dormido. Amanecí tirado ahí. Y lo primero que hice fue una paja monumental. Ahora sí conocía el sabor de esos labios.

Después de un tiempo prudente, la contacto por el MSN, esta vez desde mi cuenta. Y trato de sacar el tema de la fiesta, pero era como sino hubiera pasado nada. Sólo fue un momento y por culpa de la borrachera. De vuelta a la indiferencia, chateábamos muy poco y cuando la quería invitar a tomar unas cervezas, siempre estaba ocupada. Pasaron meses hasta que aceptó ir a un pub, y volvimos a tranzar otra vez. Pero no pasó nada más. En mi trabajo no suelen hacer fiestas de fin de año, pero ese año sí hicieron una, y como se podía llevar gente que no pertenezca a la empresa, no dudé en invitarla. Llegó la noche, y quedamos en encontrarnos allí mismo cerca de la una de la mañana. Fue verla entrar vestida con una remera negra, un shortcito negros y unas medias negras semitransparentes con algunas figuras de flores si mal no lo recuerdo, que ya mismo me la quería coger. Estaba hecha toda una perra. La noche pasó entre cervezas, tequilas, tragos y bailar. Cada tanto nos separábamos del grupo de mis compañeros de trabajo y contra una pared nos besábamos mientras la agarraba de la cintura y la apoyaba contra mí para sentirla lo más cerca posible mientras tenía la verga dura. En un momento me dice al oído que se va, y qué pensaba hacer yo. Lamentablemente, vivía más de una hora y media de viaje de ese lugar, tenía que acompañar a un primo mío que justo había coincidido en la fiesta pero vivía más lejos que yo y además mi mujer se iba a preocupar si llegaba muy tarde y seguramente no en el mejor estado por el alcohol. Que se vaya todo a la mierda pensé. Le dije que la acompañaba, salimos y tomamos un taxi. Me preguntó cuánto tiempo tenía para el próximo tren, y le dije que una hora y media. El destino era más que previsible por toda la calentura acumulada, fuimos hasta un albergue transitorio y pedimos una habitación. Nos recostamos y empezamos a besarnos, con la ropa puesta. La subo encima mío, y me detengo un momento para admirarla. Le empiezo a tocar esos pechos que tanto tiempo había añorado y cuando intento besarla me empuja contra la cama al tiempo que se reía y pone la luz ambiental lo más tenue posible. Nos empezamos a desvestir en cada pausa al tocarnos, frotarnos, besarnos. Era increíble recorrer su piel, y tener esa sensación de placer, de estar gusto. Tenía la textura ideal, el olor justo. Si muchas veces uno comenta que no había piel o que las primeras veces son exploratorias, en este caso sobraba. Si tengo que resumirlo, por donde la acariciara, sentía que se perdía el límite entre mi piel y la de ella. Y la respiración de ambos empezó a ser de sólo suspiros de placer. Besarle esos pechos, ese cuello, esa boca, recorrer cada centímetro de sus hombros. Era mía en ese momento, tantos años y la tenía ahí. Le empecé a sacar el shortcito, seguí por las medias mientras le acariciaba las piernas y me sorprendió con una tanguita negra que estaba para arrancársela con los dientes. No aguanté más, me mojé los dedos con saliva y empecé a tocarle los labios vaginales. Cuando enfilé hasta su agujerito, estaba totalmente húmedo. Aproveché para untar la yema de mis dedos, y empezar a subir hasta tocar su clítoris. Y empecé, desde abajo hacia arriba, círculos sobre el clítoris y otra vez hacia abajo. Cada vez se estaba mojando más, tenía que probarla y sentir el gusto de sus jugos. La abrí de piernas, y el primer contacto de mi lengua con su concha toda mojada fue mejor de lo que me lo imaginé en todas esas pajas de tantos años. Sentía que me la comía, no paraba de chuparle, de succionarle, de jugar con la lengua y un par de dedos que desaparecían en su interior. No sé cuánto estuve pero sí pude sentir como se doblaba de placer. De golpe hace un esfuerzo para sentarse y me da un beso donde la humedad de sus labios y la mezcla de mi saliva y sus jugos le daban un gusto único y tan prohibido que tenía la verga a mil. En ese momento siento que me la empieza a tocar por sobre el boxer hasta tantear la punta que se escapaba por debajo. Me recosté boca arriba y mientras la veía sentada a un costado acariciándome la cabeza de la verga y con una cara de viciosa en la luz tenue de la habitación. Me saqué el boxer y empezó a agarrármela desesperada, mientras se mojaba la puntaba de los dedos con saliva de mi boca y los frotaba en el borde en punta de la verga y en el borde del capullo. Ahí se subió encima mío y se empezó a frotar sobre ella al tiempo que se tocaba el clítoris. Mi corazón estaba acelerado mal, era un momento de erotismo puro. Sentía sus jugos sobre mi verga, y la suavidad de sus labios vaginales sobre mi piel. Después de un momento, me hizo parar al costado de la cama. Ella se sentó en el borde, me agarró la verga con una mano, y mientras me miraba con esos ojos verdes/celestes, se la metió en la boca y empezó a chuparla con unas ganas como si fuera un dulce. Entraba recta, de costado y le hinchaba su mejilla desde dentro, me besaba y pasaba la lengua por el orificio de mi verga. Si ya estaba a mil, me estaba haciendo pasar de revoluciones. Quería penetrarla sin perder más tiempo. Tenía que estar adentro de ella, como todas esas pajas donde imaginaba que me la cogía en la pileta corriéndole la bikini. Me puse un forro, la recosté boca arriba, unté un poco de saliva para hacer la primera entrada lo más suave posible al estilo misionero. Que iluso, estaba tan mojada que ni fue necesario. Entró de una y el calor de su interior envolvió mi verga. Me quedé unos segundos disfrutando de ese momento. Empecé el mete-saca. Mientras con una mano le agarraba uno de los cachetes de la cola para empujarla hacía mí, y con la otra mano le agarraba uno de los pechos o del hombro para poder atraerla más hacía mí. Besos llenos de pasión, y susurros intercambiados cada vez que alguna de nuestras bocas llegaba a la altura del oído del otro. Pasaron unos minutos y sin salirme dentro de ella. Giramos hasta que quedó ella arriba mío, y me empezó a montar como loca. Nuevamente, tantos años y la tenía ahí. Arriba mío, con mi verga hundida en su conchita caliente y mojada y me empecé a preguntar si no era un sueño, si en realidad no estaba tirado en el baño del boliche borracho. No, era demasiado perfecto. No me hubiera podido imaginar tantos detalles. Ni siquiera el gusto de su piel, de sus jugos. Era ella y en carne y hueso. Haciendo un esfuerzo sobre-humano me salí de ella y la agarré de la cintura para que se ponga en perrito. Le empecé a refregar la verga por la raya de su cola, por sus labios vaginales, por la entrada de su conchita. Y se la mandé. Ahí empecé a meterla cada vez más fuerte, sintiendo mis huevos chocar contra su cola, al tiempo que la tenía agarrada de la cintura y sentía sus gemidos. La velocidad empezó a aumentar, entraba y salía tan bien por lo mojada que estaba que se sentía mejor que si me hubiera puesto algún lubricante en gel. De golpe me empezó a pedir que le acabe, y escucharla a ella, pidiéndome eso no pudo evitar que sienta que la verga se me pusiera dura, que la cabeza de la misma pareciera que iba explotar, y empecé a venirme como nunca. Fueron las últimas embestidas donde quería atravesarla y que mi leche le salga por la garganta. Pero no, estaba acabando teniéndola en perrito adelante mío, y sentía que las piernas me empezaron a temblar. Ni bien salió la última gota de leche, caí sobre su espalda y no podía pensar en sacarla. No, quería quedarme ahí toda la noche. Le besé el cuello y estaba tentado de quedarme dormido sobre ella. Saqué la verga agarrando el forro para que no se salga la leche y el reloj empezó a decirme que tenía que irme. Esa sensación de que algo de años se me dio y que tenía que partir, fue lo peor que me pasó en años. Otra vez pensando si todo era un sueño, y llegó el momento de despertar. Pero no, era ella la que estaba boca abajo semi-dormida y toda desnuda. Tantos años de querer tenerla así, y se dio. Y lo que más recuerdo de esa noche que me marcó, fue la piel que tuvimos, es algo que no te pasa todos los días. Eso hizo ese encuentro más especial todavía, y mientras volvía en el tren y sentía el olor de sus jugos en mis dedos, no paraba de pensar que tenía que volver a estar con ella otra vez…
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Tags:    relatos eroticos   folladas   heteros   pajas   amigas  


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