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sexo con un hermafrodita

por krista el 19-11-2010

Nos reuníamos en un casco de estancia abandonado en las afueras de la ciudad donde vivíamos. Más que por transgresores, por hambrientos de humanidad.
Hijos de familias rotas, mal pegadas, resquebrajadas o ausentes nos cobijábamos mintiéndonos valentía e indiferencia social.

Algunos estudiaban filosofía y nos proveían de “marco conceptual”, otros hacían música y nos daban ambiente. Uno de ellos tocaba la flauta en un rincón, perdido en sus ensoñaciones, bello como un ángel lujurioso.
De facciones y líneas estilizadas sus ojos almendrados eran acuosos y ausentes, sus manos de dedos delgados parecían estirarse para rozar la perversión. Reservado, silente, desentonaba con el habitual barullo de los demás aprendices de hombre que componían el grupo.
Por momentos casi femenino, irradiaba otras veces una poderosa masculinidad que se traducía en sus miradas, en sus gestos y en la estela de electricidad que dejaba a su paso. Todas lo mirábamos secretamente hambrientas.

Me tenía obsesionada. Había algo en él que me obligaba a orbitarlo como la mariposa a la llama y él, normalmente distante, seguía cada uno de mis movimientos con una mirada mezcla de sed y turbación que no alcanzaba a descifrar.
Una tarde decidí acorralarlo y le pedí que me acompañe a dar una vuelta por los alrededores “porque oscurecía y me daba miedo”. Se levantó de su rincón como un animal desconfiado y me miró de hito en hito tratando de adivinarme.
Caminamos en un silencio tenso hasta alejarnos lo suficiente y me paré delante de él clavándole una mirada más que elocuente.
-…Vos no entendés, no es que no me gustes es que… nno… no puedo-
Era toda la respuesta que necesitaba, lo que sea que fuera se iba a develar aquí y ahora, y lo iban a develar mis dedos.
Acorté la distancia entre ambos y le susurré en una corriente de aliento caliente:
-Pedime lo que quieras-

Desde la base de la espalda lo recorrió una descarga eléctrica tan poderosa que fue claramente visible y salió por su mirada centellante para clavarse inquisitiva en mis ojos.
Me besó con el descontrol de una excitación deliberadamente contenida.
No, NO, no, No por favor no- repetía mientras seguía mordiéndome frenético los labios y pasaba sus manos cargada de deseos por mis piernas
-No creas que llegué hasta acá para escucharte un “no”- respondí presionando mi mano que buscaba ansiosa su sexo rígido… y que no encontré.
En su lugar una humedad caliente y familiar unto generosamente toda mi palma y él me apartó agitado y con una lejana humillación grabada en el semblante.
-Eh?! Pero… cómo?!… cuánto hace?….acá nadie sabe nada?…- balbuceaba mientras mi mente trataba de recuperar unas neuronas en el océano de calentura y sangre.
-No, acá nadie me conocía y yo me animé a empezar- Agachó la cabeza avergonzado –todo iba bien, hasta que llegaste vos-
-Pero es que no entiendo, qué esperabas?, no volver a tener sexo para que nadie se diera cuenta?…-
-No se qué esperaba- contestó con furia contenida- pero esto me hace feliz y vos pensá lo que quieras, ¿Què crees, que sos la primera que me considera una degenerada?- sus ojos se llenaron de unas lágrimas impotentes y todo su cuerpo temblaba de furia.

Me acerque mirándolo a los ojos y lo abracé acariciándole suavemente la espalda. Sensaciones de ternura, morbosidad, empatía me recorrían alternativamente.
Al final, ahí todos éramos de algún modo deformes y él no hacía más que ser honesto con él mismo.
-Lo último que quiero hacer ahora es pensar – le susurré al oído.
Me alejó consternado y me miró a los ojos, que cada segundo eran más invadidos por el deseo. Presioné contra su resistencia y lo besé con la boca granada de sensualidad.

Correspondió a mi beso con una ansiedad angustiada, apretó su cuerpo famélico contra el mío y liberó a sus manos de todo resabio de inhibición.
-Así… si amor… así tocame más… haceme tu hembra caliente… así-
-Por favor… no juegues conmigo- suplicó entre jadeos
-Tranquilo bebé… cuando yo juegue con vos no te van a quedar dudas, ahora quiero que me muestres que tan hombre podés ser-
Todo su aliento se escapó gutural desde el fondo de la caverna ocura de su lujuria, y sus jadeos fueron aumentando hasta ahogarme con su respiración.
-Ahhh, como te voy a coger por dios… decime que sos mía… hablame a mí como le hablás a todos tus hombres- su voz me quemaba la piel-por favor…por favor-

Abrió a tirones el vestido y se quedó mirando mis pechos cubiertos de un delicado encaje rosa.
Me acarició morboso y acercó su boca para lamer el encaje humedeciendo mis pezones semi ocultos que empujaron la tela para encontrarlo.
Los mordisqueo fascinado, los adoró con sus labios al tiempo que deslizaba los breteles para ponerlos en libertad.
Desabrochó mi corpiño con movimientos ágiles para acabar succionandome con la ansiedad nutricia típica del hombre. Mordía, lamia y susurraba en un tono bajo y entrecortado.
Yo estaba extasiada, nadie antes había sido al mismo tiempo tan salvaje y tan experto en sus caricias y juegos, y mis pechos marcados y adoloridos se empujaban contra su boca suplicando por más.
Sus dientes me recorrían, me marcaban como a una posesión, aprisionaban mis pezones sensibilizados para calmarlos después con su lengua cálida y suave… se alimentaba de mí con la pericia típica de los maestros en la cama.
Subió con sus manos por mis piernas debajo de la falda, encontrándose con mi sexo ardiente, húmedo, palpitante. Separo la tanga y rozó mis labios con exquisita delicadeza.
El contraste me enloquecía, sus dedos delgados y suaves acariciaban mi vagina deteniéndose dentro y fuera con sensual lentitud y su boca furiosa me devoraba convirtiéndome en una posesión de su excitación.
Mis orgasmos se sucedieron sin control y, a pesar de haber buscado apoyo en un árbol, mis piernas no pudieron sostenerme más, quedando a merced del temblor de mi cuerpo. Invadida por un mareo debilitante y la palpitación salvaje de la sangre en mi sexo y mis sienes, me deslice con cuidado hacia abajo y quedé con mi cara frente a su entrepierna.
Empezó a bajar hacia mí y lo detuve.
-Hiciste lo que quisiste- él no podía despegar la vista fascinada de mi piel enrojecida- ahora dejame hacer a mí-

Empecé a bajar sus jeans desproporcionadamente holgados
-NO!- sostuvo mi mano con fuerza
-Te dije que no llegué hasta acá para escuchar tus “no”- dije apartando con firmeza su mano.
Sus jeans caídos pusieron al descubierto un slip negro. Lo acaricié con toda la cara y gimió de placer.
sus sueños, sus más vividas fantasías, se hacían realidad frente a sus ojos y la tensión de su excitación se expandía como un aura pesada que ensordecía todo el ambiente mientras su mente se conectaba solo por momentos.
-Basta por favor-
Recorrí a grandes mordiscos todo su pubis a través de la tela y lamí el borde del slip empujándolo con mi lengua. Pugnaba por mirar todo pero sus ojos se cerraban en cada oleada de placer.
Metí mi lengua entre sus piernas y lamí la humedad de la tela con una fuerte presión que lo ahogo en gemidos, bajé el slip y puse al descubierto un triangulo perfecto. Metía mi lengua entre sus piernas apretadas y el temblor lo obligó a buscar apoyo en el mismo árbol.
Mis manos buscaban tocar su sexo caliente pero él sostenía las piernas con fuerza. Lo miré a los ojos mientras lo lamia
-Damela , no vas a poder ni pensar en lo que estoy tocando- ronronee excitada.
Se agachó para besarme y se abandonó al roce de mis dedos presa de una fiebre que le quemaba el alma.
Nos tendimos en el pasto, aparté completamente el jean y con las últimas luces del día me recree en la visión de su vagina.
Carnosa, perfectamente simétrica, su enrojecida piel era tersa y perfumada, al lamerla parecía derretirse en mi boca en una ambrosía caliente que me untaba la lengua y el paladar.

Mordí sus labios despacio, extendí su ansiedad hasta los límites de la agonía con mordiscos lentos y lamidos fugaces. Tenía una textura exquisita que me mantenía la boca pegada a ella como una adicción.
Aún hoy, cerrando los ojos, puedo volver a recorrerla, a olerla y mi lengua se mueve nostálgica buscando las profundidades de su carne palpitante.
Un clítoris grande y erecto escapaba de la prisión de su capuchón demandando toda mi atención. Empuje su pubis hacia arriba para dejarlo totalmente expuesto y empecé a acariciarlo con el filo de mis dientes y a succionarlo con violencia calculada.

Gimió de dolor y me sostuvo la cabeza.
-Si te va a gustar que te la chupen te vas a tener que acostumbrar corazón- le dije lasciva y sonriente.
Sus ojos se iluminaron con el juego, se relajó y dejó que su cuerpo se rindiera a mis demandas.
A su vista mis movimientos y sus sensaciones recreaban una de las tantas felatios que había fantaseado en sus masturbaciones solitarias. El único espacio, hasta ese día, en el que podía dejarse llevar por los misteriosos llamados de su libido.
Me tomo del cabello y me llamó de miles de maneras pre-meditadas: yo era su diosa, su puta, su vida, su venerada, su muerte, su sucia arrastrada, su bendita salvadora… y yo entraba y salí de cada nombre cada vez más excitada y lujuriosa.
Deliraba de placer y su orgasmo fue una verdadera eyaculación intensa que comenzó a asomarse desde lo más profundo de su ser.
Le exigí que lo derramase sobre mis pechos y me miró con cierta duda.
-Se lo pido a todos mis hombres- le dije con tono arrogante –por qué con vos habría de ser distinto?-
Abrió sus piernas sobre mí y me acarició con su vagina caliente, humectando mis pechos con su orgasmo mientras yo lo acariciaba con mis pezones.

Un nuevo orgasmo lo tomó por sorpresa y tensó su cuerpo extraviando su mirada.
Su garganta se enervaba en sonidos roncos, el calor de su cuerpo quemaba mis labios como un incendio de sexo y libertad y unas lágrimas escaparon de sus ojos, celebrando la paz de ser él mismo y encontrar el placer.
Se tumbó sobre mí y me miró fascinado desde los rincones oscuros de su “petit mort”
Lo aparte con suavidad y comencé a desabrochar los botones de su camisa
-Por favor…- susurró sin ninguna convicción y yo sonreí victoriosa
-Me encantan los hombres dóciles-
Una camiseta extremadamente apretada aprisionaba un par de pechos de paloma, que, por sus múltiples cicatrices, mostraban estar acostumbrados al desprecio impotente de su dueño.

Lo miré a los ojos
-No desprecies jamás ningún rincón de tu piel que te de placer- le dije sin sombra de juego
-“Eso” nunca me dio placer…- dijo en un tono humillado
-Corazón todavía no sabés mucho de ser hombre entonces, porque no conozco a ninguno que no disfrute esto…- los lamí con la plenitud de mi lengua y al simple contacto se convirtieron en dos pezones agudos, agresivos, hambrientos y demandantes.
Seguí lamiéndolos con aspereza mientras dirigía su mano hasta mi sexo anhelante. Todo era morboso y excitante, mi sangre latía furiosa y demencial por mi cabeza y mis arterias despertando cada instinto dormido.
me obedeció asombrado de sus propias sensaciones dispuesto a explorar cada posibilidad sin más prejuicios, su mano siguió de largo y me ofreció la cara interna de su antebrazo suave que compensó complaciente la rigidez de una verga ausente para mi clítoris ciego de deseos.
Mordí sus pezones con fuerza y su movimiento se hizo más intenso. Caí sobre el costado de mis caderas aprisionando su brazo y acompañando el movimiento de vaivén.
Me movía en un ir y venir sensual deliciosamente lento, Lo besaba entre mordiscos, susurraba par él obscenidades increíbles, exigía más, suplicaba todo y le grite al oído un orgasmo de volcán mientras le arañaba el pecho.
Gimió de dolor pero la sensación se le perdió en su propio orgasmo salvaje mientras mojaba sus dedos en mi sexo y los lamí sediento, liberado, agradecido por cada segundo de placer.

Quedamos mucho rato en silencio, bajo el manto de estrellas, cada uno perdido en sus pensamientos. Después sin mediar palabra se vistió y con pasos tambaleantes se dirigió a la seguridad de la casona.
Yo me quedé ahí, mirando el infinito y tratando de comprenderme después de tanta fiebre y lujuria… con el cuerpo maliciosamente satisfecho.
Cuando volví a la casona ya no estaba. Me preguntaron si le había pasado algo porque tenía una mancha de sangre en el pecho.
Cuando le preguntaron a él contestó, con su típica sonrisa avergonzada y su encogimiento de hombros, que le habían tratado de arrancar el corazón y todos lo abuchearon.
Yo en cambio dije que no sabía, mientras trataba de encontrar el rastro de su olor en el ambiente.

Nunca más volvió a la casona.

Hombres…son todos iguales.
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Tags:    relatos eroticos   hermafroditas   transexuales   sexo oral   masturbaciones  


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